27 / feb / 2013 - Antonio Andreu (@AntAndreu).
Destruir siempre fue más fácil que construir. Más rápido y más barato. El puente del ingeniero, levantado después de meses de trabajo, acaba en el suelo tras sonar ‘¡Boom!’. Basta un poco de TNT, como en los cómics, para que el cemento, y las ideas (que pesan aún más), se vengan abajo. Se necesitan dos años de investigación, dejarse los zapatos en la calle y las pestañas ante el ordenador, para escribir un buen reportaje. El mismo que mañana envolverá el bocadillo de tu niño, que se pregunta por qué papá llega siempre tan tarde del trabajo.
Hace falta animarse a lanzarse, y lanzarse bien, para que esa chica de sonrisa angelical decida dignarse a mirarte. Y se requiere de un abono a la floristería y de tantos “sí, cariño” y comidas de los domingos con los suegros, para cumplir las ‘Bodas de Oro’ con la persona con la que aspiras a pasar el resto de tu vida. Y solamente un cruce de piernas de tu secretaria para no tener que compartir el mando a distancia nunca más.
Hace falta concienciarse de que eres uno más. De que las piernas no se necesitan para correr, porque ya vuelas en sueños. Se necesita mucho coraje para imaginarse en unas Olimpiadas cuando te cuelgan dos muñones a la altura de las rodillas. Una valentía exagerada para desterrar el prefijo ‘para’, y luchar con los más rápidos del planeta. Luchar, toda la vida, y calentarse media hora porque tu chica, esa que tanto te costó conseguir, le pone ojitos a un jugador de rugby. Tres disparos y ya: el chico de los gemelos fibrosos no se llevará a la novia del hombre de las cuchillas. Oscar también se acabó.
En el fútbol, cómo no, destruir también es más fácil que construir. Más rápido y más barato. Una jugada de tiralíneas, con la sustancia de los ‘siglos’ que pasaron los genios tocando la pelota en la calle, acaba en el quinto anfiteatro de un patadón. Iván Rocha, futbolista como Juan Carlos Valerón -sólo según el perfil de ambos en LinkedIn-, ambos se anudan distinto las botas: el artesano lo hace pausado, Rocha acaba antes de empezar, listo y al campo, “sólo se trata de darle patadas a un balón, tampoco es para tanto”.
Jordi Roura acaba de llegar y su equipo ya luce frío y desangelado. Del hogar acogedor del genio solo restan los escombros, fríos incluso para las ratas. Desde Nueva York, el arquitecto desterrado a sí mismo, lamenta haber sido olvidado tan pronto. O la mala suerte de ver en su puesto a un suplente de su suplente. “Tanto trabajo para nada, no habéis aprendido nada”, pensará Guardiola mientras repasa textos en alemán. El chico que llegó a los 12 años, recogió los balones del campo, los movió por el campo y los dirigió desde fuera del campo, se lamenta de la amnesia, o del calentón. “Humildat, valors y seny”, convertidos en chistes de Eugenio cuando no vienen respaldados por seis títulos, sino por el recordatorio a una estadística inútil: “Con Undiano nos va mal. Es una obviedad”.
“Nosotros hablamos en el campo, nuestro trabajo es el balón, nada del resto nos importa. Tengo la suerte de contar con jugadores extraordinarios, sería una irresponsabilidad por mi parte hablar de elementos externos”, Pep Guardiola dixit. Una declaración forjada a fuego lento, mirando al techo de la habitación de literas de La Masía y escuchando al maestro Cruyff. Construir, dejar de ser la víctima para convertirse en el rey del baile, requiere de mucho tiempo. Destruir, que el Madrid te pase por encima y mancillar tu propio testamento, muy poco: el cruce de piernas de tu secretaria o un buen mentón con el que morder.


4 comentarios:
Un poco de bajón anímico por la derrota de tu equipo y un extraordinaria prosa hacen de este texto una obra de arte. Como siempre, a sus pies. Fiesta, fiesta, pero fiesta!!
Gracias! Siempre seremos VIP.
Como siempre...un gran artículo!!Orgullosa de ti cari ;)
También se puede traladar tu historia a la forma de juego de los equipos: construcción frente a destrucción. Lo fácil, según tu prosa, es lo segundo. Hemos visto un ejemplo.
Buen artículo
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