Hermanos

6 / ago / 2012 - Antonio Andreu (@AntAndreu).

Los sueños se escriben en el techo de la habitación. Acostados, con los ojos abiertos, a medianoche, Los Brownlee contemplaban lo mismo. Sin decir una palabra, dejaban volar su imaginación, en el único momento en el que uno dejaba de ser el otro. Las imágenes, iguales, recorrían el mundo a base de zancadas, brazadas y pedaladas. El triatlón, esa prueba inhumana que volverían a entrenar mañana, coronaba al chico de Leeds como el número uno del mundo. Alistair y Jonathan, callados, se veían en lo más alto del podio. El dormitorio compartido alimentaba una ilusión idéntica. Como el de Frank y Ronald. Como el de Venus y Serena. Como el de Pau y Marc.

La genética, caprichosa, decide desafiar a la ciencia cada cierto tiempo. El ADN Brownlee, con excedente de energía, dio a luz dos veces al mejor triatleta sobre la Tierra. Ocho años más tarde de que ocurriera el primer milagro, los dioses del deporte volvieron a citarse en el mismo sitio. Para sorpresa de los sabios: ¿Cómo dos hermanos pueden ser la referencia mundial de un mismo deporte?

La respuesta, escrita en el código al nacer y desarrollada a lo largo de sus vidas. El entrenamiento en el mismo hábitat y una competitividad fraternal que supera la que se tiene con cualquier otro rival.

Jonathan y Alistair, esforzándose al máximo en cada entrenamiento para superar al otro, han creado dos monstruos inalcanzables para el resto.

Alistair se maldice ahora por ello. Corriendo por Hyde Park, segundo, se pregunta por qué tuvo que ocurrirle a él. Por qué, cuando todo era perfecto, tuvo que llegar a estropearlo.

‘Johnny’ su hermano, galopa un poco por delante, apresurándose hacia la meta, como cuando trataban de coger el autobús escolar. Le escolta de cerca, vigilante, de la misma forma que lo protegía para que no se metiera en trifulcas. Ahora trata de adelantarlo, desea que le fallen las fuerzas, y se culpa por haberlo hecho tan mal: “¿Por qué le animé a practicar mi deporte? ¿Por qué le ayude a mejorar? ¿Por qué le conté mis secretos? ¿Por qué le deje entrenar a mi lado?”.

Jonathan ya no es el pequeño ‘Johnny’. Mira su figura y no la reconoce. Ya no recuerda, ni le hace reír, la frase de su hermano cuando salen a entrenarse por lugares desconocidos y se pierden: “Siempre acaba diciendo: yo juraría que he estado ya aquí”. Va a cruzar la meta antes que él, sin esperarlo, arrebatándole su sueño: el oro en Londres, delante de su gente, demostrando quién es el número uno. Sin oxígeno por el esfuerzo, desea un desfallecimiento fatal de última hora, un tropiezo inoportuno que le ayude a sobrepasarlo.

No llega, Jonathan Brownlee es el campeón olímpico de triatlón.

Subido en el pódium, Alistair no puede estar más feliz. Suena el himno de Gran Bretaña, en honor a Jonathan, al que mira desde abajo con la mayor emoción que ha sentido nunca.

Acabada la competición, se alegra porque haya sido así. Porque su hermano reciba los honores, porque sea él quien haya logrado el sueño que ambos incubaban en aquella habitación compartida. Las neuronas, crueles durante la prueba, han recobrado por fin su sentido, en una suerte extraña de solidaridad, de amor, de orgullo por ver a tu hermano triunfar. Y eso es algo, lo único, que no se cambia por nada.

A mis hermanos, María Fuensanta, Natalia y Luis, con el deseo de verlos siempre en lo más alto del pódium

2 comentarios:

Cari te quiero mucho!Por favor no dejes nunca que escribir, me emocionas en cada artículo :)

Una vez más, me quito el sombrero. Un placer...

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