8 / abr / 2012 - Javier Rosell (@javirosell).
Afortunadamente, el porcentaje de licenciados y jóvenes con los estudios secundarios terminados ha crecido en España desde que vivimos en democracia pero ese incremento cuantitativo, por desgracia, no es cualitativo.
En la época de nuestros padres y abuelos, los objetivos vitales estaban definidos y muy claros: trabajar como mulos desde la adolescencia (cuando no la infancia), formar una familia, ahorrar cuatro perras para la jubilación o de herencia para los hijos y descansar en paz. Cuarenta años después, se han resumido en uno: vivir bien. Ese planteamiento primigenio de la actual sociedad es el resultado de las dificultades que tuvieron nuestros progenitores y ante las que lucharon para que no las sufriéramos nosotros. “Que no le falte lo que yo no tuve”, es una frase muy repetida. Pues bien, de su buena voluntad inicial ha crecido en los jóvenes una falta de saber valorar las posesiones (materiales e inmateriales), y la educación es un triste ejemplo.
Antes, el que estudiaba era porque sus padres podían permitírselo económicamente. La mayoría de los niños se veían abocados sin posibilidad de negarse a empezar su vida laboral cuando aún estaban en la escuela. Conceptos como la gratitud y la responsabilidad acompañaban en la educación secundaria y terciaria a aquellos privilegiados que buscaban una vida mejor a través de horas de estudio.
Pero amigos, ahora lo tenemos todo. Desde pequeños, nos agasajan con juguetes que tiramos a los quince minutos. Vamos al instituto por no aguantar a la ‘chapa’ de nuestros padres. Si suspendo ocho soy más guay que el resto de los compañeros de clase. Total, si me quedan sólo dos, paso de curso. Vagos niñatos queman etapas educativas sin el más mínimo esfuerzo porque la exigencia de los profesores también ha bajado muchísimo. Ante esto, el profesorado agacha la cabeza pues las órdenes llegan de arriba para que eleven el número de aprobados. Sea como sea.
Luego llega la universidad. Sí, el porcentaje de españoles de 25 a 64 años que poseen estudios superiores a los obligatorios ha pasado del 35% en 1999 al 52% en 2009, según el último informe del Panorama de la Educación de la OCDE 2011 publicado por el Ministerio de Educación. Pero ojo, sólo 27% de los matriculados en la universidad llega a conseguir el título. Y este dato no ha cambiado desde 1995.
Seamos claros, para ser licenciado, titulado o graduado sólo hace falta estudiar un par de meses al año, salvo en algunas carreras como las ingenierías, Medicina, Arquitectura y cuatro más. El resto del tiempo, con ir a clase de vez en cuando, hacer los trabajos y ligar lo máximo posible, nos apaña. Además, a falta de ‘mili’ tenemos Erasmus, que conoces más gente, más mundo y tienes muchas más fiestas.
Algunos pensarán: “¿Para qué terminar los estudios si el destino es el paro? Aguanto unos añitos más en la uni, sigo viviendo de puta madre en casa de mis padres (que me dan todo, hasta la paga para los findes), y aquí a chupar de la teta hasta que pueda”. No estamos acostumbrados a luchar. Quizá por eso hay un 50% de paro juvenil. Generalizar es un error y este texto no describe a la mayoría de los jóvenes (probablemente a los que no lo lean), pero por desgracia es una fotografía que debería hacernos a políticos y sociedad pensar dónde vamos y qué queremos.
En la época de nuestros padres y abuelos, los objetivos vitales estaban definidos y muy claros: trabajar como mulos desde la adolescencia (cuando no la infancia), formar una familia, ahorrar cuatro perras para la jubilación o de herencia para los hijos y descansar en paz. Cuarenta años después, se han resumido en uno: vivir bien. Ese planteamiento primigenio de la actual sociedad es el resultado de las dificultades que tuvieron nuestros progenitores y ante las que lucharon para que no las sufriéramos nosotros. “Que no le falte lo que yo no tuve”, es una frase muy repetida. Pues bien, de su buena voluntad inicial ha crecido en los jóvenes una falta de saber valorar las posesiones (materiales e inmateriales), y la educación es un triste ejemplo.
Antes, el que estudiaba era porque sus padres podían permitírselo económicamente. La mayoría de los niños se veían abocados sin posibilidad de negarse a empezar su vida laboral cuando aún estaban en la escuela. Conceptos como la gratitud y la responsabilidad acompañaban en la educación secundaria y terciaria a aquellos privilegiados que buscaban una vida mejor a través de horas de estudio.
Pero amigos, ahora lo tenemos todo. Desde pequeños, nos agasajan con juguetes que tiramos a los quince minutos. Vamos al instituto por no aguantar a la ‘chapa’ de nuestros padres. Si suspendo ocho soy más guay que el resto de los compañeros de clase. Total, si me quedan sólo dos, paso de curso. Vagos niñatos queman etapas educativas sin el más mínimo esfuerzo porque la exigencia de los profesores también ha bajado muchísimo. Ante esto, el profesorado agacha la cabeza pues las órdenes llegan de arriba para que eleven el número de aprobados. Sea como sea.
Luego llega la universidad. Sí, el porcentaje de españoles de 25 a 64 años que poseen estudios superiores a los obligatorios ha pasado del 35% en 1999 al 52% en 2009, según el último informe del Panorama de la Educación de la OCDE 2011 publicado por el Ministerio de Educación. Pero ojo, sólo 27% de los matriculados en la universidad llega a conseguir el título. Y este dato no ha cambiado desde 1995.
Seamos claros, para ser licenciado, titulado o graduado sólo hace falta estudiar un par de meses al año, salvo en algunas carreras como las ingenierías, Medicina, Arquitectura y cuatro más. El resto del tiempo, con ir a clase de vez en cuando, hacer los trabajos y ligar lo máximo posible, nos apaña. Además, a falta de ‘mili’ tenemos Erasmus, que conoces más gente, más mundo y tienes muchas más fiestas.
Algunos pensarán: “¿Para qué terminar los estudios si el destino es el paro? Aguanto unos añitos más en la uni, sigo viviendo de puta madre en casa de mis padres (que me dan todo, hasta la paga para los findes), y aquí a chupar de la teta hasta que pueda”. No estamos acostumbrados a luchar. Quizá por eso hay un 50% de paro juvenil. Generalizar es un error y este texto no describe a la mayoría de los jóvenes (probablemente a los que no lo lean), pero por desgracia es una fotografía que debería hacernos a políticos y sociedad pensar dónde vamos y qué queremos.


1 comentarios:
Totalmente de acuerdo contigo, tenemos una sociedad de vagos a los que se les ha dado todo hecho. Porque es tan fácil venir del cuento... Y por culpa de esta gente que chupa de la teta, pagamos el pato tantos otros que nos esforzamos por sacarnos la carrera en sus 5 años, que trabajamos los veranos para pagarnos los estudios y ahora no tenemos donde caernos muertos.
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