3 / abr / 2012 - Ana Andújar.
(Parte I)
Según Javi, el mejor sitio para conocer tías hoy en día eran las cenas de amigos. Estábamos llegando a una edad en la que quedar en la calle para fumarnos un porro entre siete se nos había quedado un poco pequeño, que puede que la comunicación de los 15 años y sus largas plegarias (“oye, ¿nos vamos por ahí?” “bueno”) no fueran suficientes para aquellas niñas que ahora son mujeres que me dan pavor.
Después de que Javi renunciara a la táctica del club nocturno (nos habíamos pasado la noche sin movernos de la barra, yo con mi codo apoyado en ella como si me lo hubieran atornillado), se dio cuenta de que yo era un tío demasiado complicado (más bien lo definió como “pareces gilipollas, desde luego, si esa te estaba mirando, es que no tienes luces, se te va a caducar la polla”, etc.) para estar invitando a copas a ninfas colocadas de rímel.
Ahí entraban las “cenas de amigos”. La crisis nos había hecho encerrarnos en casa los fines de semana, porque preparar algo de comida del Mercadona y comprar una botella de Seagram´s entre varios (en cierto modo era bastante adolescente, como cuando todos poníamos unas monedas para unas cervezas calientes), y era al fin y al cabo una oportunidad para recrearnos en nuestra pueril decadencia de INEM y títulos universitarios guardados o sin pagar.
Por lo visto, y siempre según Javi, también era una oportunidad única para conocer a chicas nuevas, con clase, intelectuales, interesantes, o por lo menos “tan pobres como tú, así que no tendrás problema para meterte en sus bragas en cuanto sepan que tienes trabajo fijo”. Gracias, Javi.
Todavía no sé muy bien cómo acepté una oferta tan idiota, en fin, yo no era de esa clase de tipos que se meten en fiestas en las que no ha sido invitado, pero estaba en un contexto especial (“eres pura dinamita, tío, te acaban de dejar, a las tías les encanta que des un poco de pena... pero no te pases, tampoco les gusta que des asco. Van a ir unas cuantas buenorras que te vas a caer de culo, así que si quieres dormir acompañado esta noche ya sabes: pena, pero no asco. Cara de sensible, pero sin ser muy maricón. Contrólate, joder”).
Casi sin presión gracias a los consejos de mi amigo, pasé media hora mirando el armario sin moverme. Realmente Eva tenía razón y tenía unas diez camisas de cuadros exactamente iguales. Al fin y al cabo, esa gente no sabía cómo era yo ni el tipo de camisas que tenía en el armario, así que podía crear mi personaje desde cero. Quizás tuviera que llevar pensadas un par de historias, algunas anécdotas que escondieran mi anodina vida, mi trabajo nuboso, mi erección tan espontánea como pasajera, mi secreta pasión por la música que sólo sacaba en privado. Javi me había dicho que era gente con clase, así que tendría que pensar algo para no quedar como un imbécil... Continuará...
(Parte I)
Según Javi, el mejor sitio para conocer tías hoy en día eran las cenas de amigos. Estábamos llegando a una edad en la que quedar en la calle para fumarnos un porro entre siete se nos había quedado un poco pequeño, que puede que la comunicación de los 15 años y sus largas plegarias (“oye, ¿nos vamos por ahí?” “bueno”) no fueran suficientes para aquellas niñas que ahora son mujeres que me dan pavor.Después de que Javi renunciara a la táctica del club nocturno (nos habíamos pasado la noche sin movernos de la barra, yo con mi codo apoyado en ella como si me lo hubieran atornillado), se dio cuenta de que yo era un tío demasiado complicado (más bien lo definió como “pareces gilipollas, desde luego, si esa te estaba mirando, es que no tienes luces, se te va a caducar la polla”, etc.) para estar invitando a copas a ninfas colocadas de rímel.
Ahí entraban las “cenas de amigos”. La crisis nos había hecho encerrarnos en casa los fines de semana, porque preparar algo de comida del Mercadona y comprar una botella de Seagram´s entre varios (en cierto modo era bastante adolescente, como cuando todos poníamos unas monedas para unas cervezas calientes), y era al fin y al cabo una oportunidad para recrearnos en nuestra pueril decadencia de INEM y títulos universitarios guardados o sin pagar.
Por lo visto, y siempre según Javi, también era una oportunidad única para conocer a chicas nuevas, con clase, intelectuales, interesantes, o por lo menos “tan pobres como tú, así que no tendrás problema para meterte en sus bragas en cuanto sepan que tienes trabajo fijo”. Gracias, Javi.
Todavía no sé muy bien cómo acepté una oferta tan idiota, en fin, yo no era de esa clase de tipos que se meten en fiestas en las que no ha sido invitado, pero estaba en un contexto especial (“eres pura dinamita, tío, te acaban de dejar, a las tías les encanta que des un poco de pena... pero no te pases, tampoco les gusta que des asco. Van a ir unas cuantas buenorras que te vas a caer de culo, así que si quieres dormir acompañado esta noche ya sabes: pena, pero no asco. Cara de sensible, pero sin ser muy maricón. Contrólate, joder”).
Casi sin presión gracias a los consejos de mi amigo, pasé media hora mirando el armario sin moverme. Realmente Eva tenía razón y tenía unas diez camisas de cuadros exactamente iguales. Al fin y al cabo, esa gente no sabía cómo era yo ni el tipo de camisas que tenía en el armario, así que podía crear mi personaje desde cero. Quizás tuviera que llevar pensadas un par de historias, algunas anécdotas que escondieran mi anodina vida, mi trabajo nuboso, mi erección tan espontánea como pasajera, mi secreta pasión por la música que sólo sacaba en privado. Javi me había dicho que era gente con clase, así que tendría que pensar algo para no quedar como un imbécil... Continuará...


0 comentarios:
Publicar un comentario