Crónica de un desahucio anunciado

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10 / dic / 2012 - Antonio Soriano (@AsorianoGmez). 

Sentado en el retrete, con los codos sobre las rodillas y tapándose los ojos con sus puños, intenta buscar en su maremágnum emocional un lugar en el tiempo más feliz. Tras varios minutos, el olor de su propia mierda lo devuelve a la realidad. Termina. Al levantarse tropieza con su mirada. Unos ojos sin vida, cansados, inmersos en la inocencia de una guerra que no puede ganar. Tiene 32 años, es joven, ambicioso, inteligente, trabajador,… Unas cualidades que la vida se ha encargado de ‘malgastar’ a base de ilusiones y sueños truncados. 

Al llevar sus manos al dispensador de jabón ve su cajetilla de tabaco. Sobresalen dos cigarros. Llevaba dos años sin llevarse uno de esos a la boca pero hace un par de semanas lo volvió a hacer. Empezó recordando el sabor de su Marlboro de toda la vida y ha terminado con la sinsabor amargura de un Matrix Rojo. 

Tras varios intentos consigue sacar algo de jabón. Un ruido que parece provenir de la planta de arriba le despierta de su nostálgico letargo. Cualquier otro día ese ruido no hubiera significado nada, se habría convertido en una nota más de la banda sonora de su hogar. Algo ocurre. Con la intención de ir a ver de qué se trata abre el grifo para terminar de lavarse las manos. Para su sorpresa, tras tres grisáceas gotas, el agua deja de fluir. Sabía que este momento llegaría tras el corte de la luz de antes de ayer. 

Las nubes han rebajado el contraste a un día ya de por si gris. Recorre el pasillo casi a oscuras al no haber ventanas directas al exterior. En la penumbra distingue los pequeños retratos de su familia que descansan en el viejo mundo restaurado. Siempre que volvía a casa después del trabajo estas imágenes eran la antesala de lo que se iba a encontrar en el interior, su familia. Le reconfortaba tras un día duro de trabajo en la construcción. 

Solo se escucha el sonido de sus pasos subiendo las escaleras acompasado por su respiración entrecortada fruto de una ansiedad incipiente y de una febril vuelta a la nicotina. 

Son las 10 de la mañana. Tras una fuerte discusión, su mujer, sus dos hijos y su suegra decidieron abandonar ‘la casa de sus sueños’ e irse a vivir al pueblo. Ese del que huyeron cuando eran jóvenes en busca de un futuro mejor. Él no quiso dejar la recompensa a años de esfuerzo y de trabajo. Se quedó solo. De esto hace poco más de 12 horas. Las diez siguientes las ha pasado entre el bar de Ramón y el ‘Mocitas’, ahogándose en un mar de whisky y putas. 

Llega la planta de arriba y se para frente al espejo del pasillo. Solo se escucha el golpeteo de las gotas de lluvia en el tejado. Nada más. La posibilidad de un ladrón es casi nula. No queda nada de valor. Lo han vendido todo. Hoy sabe que no ha sido suficiente. 

Las puertas de las habitaciones están cerradas. Siempre han estado abiertas, de noche y de día. Siempre que ha habido alguien en ellas. Hoy no debe de haber nadie. 

Furioso, quiso evitar el dolor que le suponía ver partir a su familia, así que se marchó de su casa antes de que familia se fuera. Dejando como último eco de su voz un fuerte portazo. 

En medio de aquel silencio, el portazo retumbaba una y otra vez en su cabeza. 

Una a una abre todas las habitaciones despertando la nostalgia de unos recuerdos felices que iban camino del olvido. 

Abatido, derrotado, abre la última de las puertas. Arrastrando los pies por el brillante parquet color pino entra poco a poco en su habitación, la que ha compartido durante los últimos cinco años con su mujer. 

Una fuerte ráfaga de aire gélido le golpetea la cara y le pone la piel de gallina. La ventana de la terraza está abierta. 

Los cajones abiertos y vacíos han dejando escapar la calidez, el confort y la vida que un día reinaron en ella. 

Sobre la cama en un sobre del banco se ven escritas unas palabras. Sentado sobre la cama, rebusca entre los bolsillos de su abrigo de pana para sacar sus gafas. 

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Era su mujer: “No podía marcharme y dejarte aquí. Conseguimos nuestros sueños juntos y juntos nos despediremos de ellos. Mi madre y los niños van camino del pueblo. Llevo horas esperándote y estoy preocupada. Voy a salir a buscarte. Te dejo esta nota por si vuelves. Un beso”.

Una a una las lagrimas empiezan a recorrer sus mejillas. Su autoestima parece renacer de sus cenizas. Solo lo parece. 

Releyendo el mensaje algo le llama la atención. Su mujer nunca cerraría un mensaje dirigido a él sin un “te quiero”. Esto le inquieta. Se levanta rápidamente con la intención de ir a buscarla. 

Al pasar por delante del baño de la habitación tropieza con el gorro granate de lana que él le regaló a su mujer las navidades pasadas. Con el gorro entre las manos, levanta la cabeza dirigiendo su vista al interior del baño. Reflejado sobre el espejo el rostro de su mujer permanece inmóvil sobre el retrete. Entre ceja y ceja, desde un lunar negro como el carbón cae un reguero de sangre que se pierde entre su escote. A su lado, en el suelo, su cartera, su bolso y la carta de notificación del desahucio. 

En esa carta él mismo había guardado los últimos 500 euros que tenían ahorrados. No quedaba ni rastro de ellos. 

Sí que era un ladrón. Esas son sus últimas palabras antes de perder el conocimiento. 

Minutos después el sonido del timbre le despierta de su aturdimiento. Todo ha sido un sueño. 

El olor a whisky le hace vomitar al levantarse del sofá en dirección a la puerta de entrada. Es la cuarta vez que tocan al timbre. Cuando por fin consigue abrir, se da cuenta de que no todo ha sido un sueño, le van a embargar la casa. Después de mucho tiempo pensando que tras quitarle su casa no tendría motivos para vivir, hoy siente que su vida tiene sentido cuando la gente a la que quieres está a tu lado.

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