La mirada del actor

5 / nov / 2012 - Antonio Andreu (@AntAndreu). 

En los ojos comienza todo. Violentos o pacíficos. Enigmáticos o reveladores. Infantiles o lascivos. Vidriosos o inyectados en sangre. El actor, recitando su papel ante el espejo, ensaya su manera de mirar. Su suerte, como la del torero, está en transmitir con la mirada. Entrar a matar con ojos de póker asegura el camino a la enfermería. El mismo fracaso de quien se declara a su amada llevando puestas unas gafas de sol. 

Radamel empezó a ensayarla hace mucho tiempo. Aquel día, en el barrio de Santa Marta, donde las canciones de Shakira suenan como himnos, su padre le asignó el rol protagonista de la película. “Los goles son los que dan dinero, serás delantero centro”, le dijo al chico. Antes de saltar a la cancha de tierra y después de rezar por su familia, el pequeño Falcao se puso a ello. 

Buscaba el reflejo perfecto, el único que le permitiera bordar el papel para salir de la pobreza colombiana. Como en un milagro, el cristal le devolvió más de lo que deseaba: la ternura en sus ojos de niño se transformó en agresividad. Radamel Falcao jugó el partido mirando como un tigre. 

A Falcao le gusta leer y pasear por la playa. Adora la tranquilidad y evocar pasajes de la Biblia. Lo hace siempre que puede, acudiendo a su Iglesia Evangelista, el lugar donde conoció a su mujer. Cuando la mira, o habla de ella, sus ojos se perturban más de la cuenta. En estado natural son limpios y tiernos. Son los ojos de una buena persona. 

Cuesta imaginar ese universo paralelo. Una realidad contigua, fuera del escenario, en la que Puyol adopta la posición de loto para hacer yoga a las siete de la mañana, Cristiano Ronaldo se desvela pensando en cómo la bebida acabó con su padre o Pepe llora emocionado por los mensajes de ánimo de sus compañeros. A menudo, la mirada del personaje transmite tanto que hace imposible recuperar a la persona. Es entonces cuando creemos que Robert Enke estaba siendo feliz. 

Las impresiones son más importantes que los reflejos. El delantero intuye las dudas, la inseguridad, la falta de confianza del portero, como un depredador huele la sangre. Ningún pecado mayor para el que cierra la portería, que dar la sensación de vulnerabilidad. Enke lo sabía, lo había vivido en Barcelona. Por eso, cuando se abría el telón en Hannover, Robert recordaba que era alemán, como Stefan Effenberg y Oliver Kahn. Rememoraba sus miradas y trataba de imitarlas. Después, paraba y paraba. 1,86 metros de autoestima y fiabilidad germanas. Y el afortunado regreso a la selección. 

En el baño de casa no es necesario fingir. Ahí, sentado hasta el amanecer, sin poder dormir, uno sólo siente. Y se pregunta, escribiéndolo en su diario: “Todo es un sin sentido. ¿Dónde va a acabar esto?”. Ahí, sin la luz de los focos del terreno de juego, uno nota que el dolor lo está carcomiendo por dentro desde que enterró a su hija de dos años. Al día siguiente, con la mirada más triste que se pueda tener, uno arroja sus 1,86 metros de angustia y ansiedad germanas a las vías del tren. Decide que ha acabado todo. 

Haríamos bien en comprender que hay una persona detrás de la máscara. Que la mirada del actor, por muy real que sea, cambia cuando acaba la escena. Que existe ese universo paralelo en el que ‘El Tigre’ Falcao es sensible y Robert Enke no era feliz.

1 comentarios:

Muy bueno... si señor!!!
Eduardo Masa

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