27 / sep / 2012 - Rebeca Arroyo (@rebearroyo).
Oscar Wilde, novelista y dramaturgo irlandés, fiel solo a si mismo “el único amor consecuente, fiel, comprensivo, que todo lo perdona, que nunca nos defrauda, y que nos acompaña hasta la muerte es el amor propio”, enamorado de lo efímero “es terriblemente triste que el talento dure más que la belleza”, sarcástico y cínico “para dormirme, cuento mis defectos”, libre gracias a su arte -“tiene algo que declarar”, le preguntaron, “nada excepto mi talento”, aseveró- , preso de sus excentricidades “considero que la vida es demasiado importante como para hablar nunca de ella en serio” y, finalmente, condenado y desprestigiado por la misma clase burguesa encorsetada e hipócrita que antes le había alabado y encumbrado; “si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos”..
El historiador Arnold Hauser dijo de él : “Nunca la belleza, el elemento decorativo, lo elegante, lo exquisito, lo precioso, desempeñaron un papel tan grande en el arte. Nunca se practicó éste con tanto preciosismo y tanto virtuosismo”. De esta afirmación son testigo sus obras: su novela, ‘El retrato de Dorian Gray’, sencillamente imprescindible; sus relatos cortos, entre otros, ‘El crimen de Lord Arthur Saville’, ‘El fantasma de Canterville’, ‘El Ruiseñor y la Rosa’, ‘El cumpleaños de la Infanta’, y ‘El Pescador y su Alma’, y, por supuesto, sus obras de teatro como, por ejemplo, ‘La importancia de llamarse Ernesto’ y ‘El abanico de Lady Windermere’.
Del mismo modo que su obra, su vida, fue de todo menos vulgar. Fue Wilde un iconoclasta, un dandy de profesión, extravagante por vocación y amante de la vida, la belleza y el arte por definición. Siempre irónico e inteligente supo mofarse con talento de la sociedad victoriana, haciendo del ingenio su bandera y de la brillantez literaria su lema. Con ello, esta sociedad, a pesar de ser objeto de burla, se rindió a los pies del genio, para más tarde enfangarlo y arrojarlo al abismo de la infamia y el olvido.
Para el escritor irlandés todo se podía perdonar menos la mediocridad, la falta de imaginación y la fealdad. “Lo menos frecuente en este mundo es vivir, la mayoría de la gente existe, eso es todo”, afirmó e inquebrantable en su deseo de vivir, y no sólo existir, buscó la juventud, lo hermoso, lo vital, lo pasional hasta la extenuación, mientras repudiaba lo monótono, lo anodino y lo vulgar, descendiendo, entre tanto, en lo sórdido y lo burlesco. “El remedio para librarse de la tentación es sucumbir a ella. Si resistís, vuestra alma enfermará de deseo”.
Así, el artista que deseaba escapar de la burda realidad se chocó de frente con ella preso de sus propios vicios personificados en un joven de su misma clase y condición, Lord Alfred Douglas (Bosie). “Cuando en mis aforismos escribí que únicamente los pies de barro dan valor al oro de la estatua, pensaba en ti”.
Tal y como narra el autor en ‘De profundis’, una carta dirigida al causante de sus desgracias durante su estancia en la cárcel, la relación autodestructiva con Bosie le llevará a presidio acusado por el padre de éste último de “alardear de sodomita” y declarado culpable de “indecencia grave” y de “cometer actos indecentes” con personas de su mismo sexo. Una pena de dos años a trabajos forzados que debilitará física y espiritualmente a Wilde y le convertirá en una sombra del gran artista que un día fue.
De esta forma, el genuino y magistral Wilde muere sumido en la pobreza con poco más de 45 años en una humilde habitación de un hotel parisino, repudiado por la sociedad que le había encumbrado. “Formar parte de la sociedad es un fastidio, pero estar excluido de ella es una tragedia”.
Un deslucido final y trágica paradoja para aquel que hubiera despreciado y ridiculizado un destino tan mezquino. No obstante, si bien su muerte fue grotesca, su legado es sencillamente un reflejo de su pasión en la vida, es decir, lo bello y lo inmortal hecho, gracias a su talento, arte.


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