24 / jul / 2012 - Antonio Andreu (@AntAndreu).
En la mirada de ‘Wiggo’ siempre hubo un halo de tristeza. Subido al pódium, coronando los Campos Elíseos, el ciclista trató de disimularlo. El ‘Dios salve a la Reina’ sonaba de nuevo, como cuando era el jefe del velódromo. El amarillo de las tres medallas mundialistas y las dos olímpicas lucía diferente a éste. Bradley era campeón del Tour de Francia y, por fin, había dejado de imitar a su padre.
Gary vivía como corría. La bicicleta volaba sobre la pista, apoyada en sus delgadas ruedas, tentando siempre a la suerte. La adrenalina justifica el riesgo de una caída y otorga el placer de sentir que no estás desperdiciando segundos. Una décima es fundamental en cualquier prueba de velocidad y también cuando se vive a contrarreloj.
Gary quería llegar siempre el primero, como Chris Boardman y sus compañeros de barra. El alcohol, aliciente extra de energía para disfrutar. Demasiada velocidad para Linda, su mujer.
Bradley no presenció la caída, se había marcha demasiado antes: “Nunca le vi correr, no crecí junto a él. Le vi en fotos y hablé con gente que lo conoció”. Una noche de 2008, en Australia, Gary Wiggins recibió dos palizas, dejando recortadas y guardadas para siempre todas las hazañas de su hijo. ‘Wiggo’ había sido campeón olímpico en Pekín corriendo tan rápido como él. Sobre la pista, Bradley imitaba a alguien que no había conocido. “No tuve padre cuando lo necesité, pero sin su recuerdo yo no hubiese sido ciclista”. El chico de las patillas largas, entonces, trató de imitarlo fuera.
“Me consideraba tan bueno que perdí el juicio. Fue adicto a la bebida y no me centré en mi trabajo. Por suerte, lo dejé atrás gracias al apoyo de mi mujer, Catherine. Desde entonces, he sacrificado muchos momentos con mis hijos por este sueño. Me veían poco, competía o me concentraba en el Teide”.
Al bajar del pódium, el ciclista rockero se dirigió hacia su familia. Durante tres semanas había corrido como Induráin: “Eres uno de los míos”, le animó Miguel durante la competición. El póster de Chris Boardman, mito del ciclismo en pista, dejó de presidir su habitación. Bradley había cambiado para siempre el parquet por el asfalto. Era campeón del Tour de Francia, rey de la modalidad en ruta. Con el cuerpo cansado y su eterno halo de tristeza, besó a su mujer y abrazó a sus hijos. Lo había conseguido, ahora sí: había dejado de ser como su padre.
Gary vivía como corría. La bicicleta volaba sobre la pista, apoyada en sus delgadas ruedas, tentando siempre a la suerte. La adrenalina justifica el riesgo de una caída y otorga el placer de sentir que no estás desperdiciando segundos. Una décima es fundamental en cualquier prueba de velocidad y también cuando se vive a contrarreloj.
Gary quería llegar siempre el primero, como Chris Boardman y sus compañeros de barra. El alcohol, aliciente extra de energía para disfrutar. Demasiada velocidad para Linda, su mujer.
Bradley no presenció la caída, se había marcha demasiado antes: “Nunca le vi correr, no crecí junto a él. Le vi en fotos y hablé con gente que lo conoció”. Una noche de 2008, en Australia, Gary Wiggins recibió dos palizas, dejando recortadas y guardadas para siempre todas las hazañas de su hijo. ‘Wiggo’ había sido campeón olímpico en Pekín corriendo tan rápido como él. Sobre la pista, Bradley imitaba a alguien que no había conocido. “No tuve padre cuando lo necesité, pero sin su recuerdo yo no hubiese sido ciclista”. El chico de las patillas largas, entonces, trató de imitarlo fuera.
“Me consideraba tan bueno que perdí el juicio. Fue adicto a la bebida y no me centré en mi trabajo. Por suerte, lo dejé atrás gracias al apoyo de mi mujer, Catherine. Desde entonces, he sacrificado muchos momentos con mis hijos por este sueño. Me veían poco, competía o me concentraba en el Teide”.
Al bajar del pódium, el ciclista rockero se dirigió hacia su familia. Durante tres semanas había corrido como Induráin: “Eres uno de los míos”, le animó Miguel durante la competición. El póster de Chris Boardman, mito del ciclismo en pista, dejó de presidir su habitación. Bradley había cambiado para siempre el parquet por el asfalto. Era campeón del Tour de Francia, rey de la modalidad en ruta. Con el cuerpo cansado y su eterno halo de tristeza, besó a su mujer y abrazó a sus hijos. Lo había conseguido, ahora sí: había dejado de ser como su padre.


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