19 / jul / 2012 - Alfonso Dols.
Entraron en el aula e interrumpieron la clase. "Perdone maestro, queríamos dirigirnos a sus alumnos para convocarles a la próxima asamblea que tendrá lugar, a las 12 horas en el patio central. Disculpe pero entendemos que esta huelga es más importante. Gracias”.
“No creo que haya nada más importante que la tragedia griega, pero podéis hacer lo que queráis”. -dijo el profesor de Teatro Griego.
De entre los mitos griegos uno de los que más me atraen a mi modo particular de ver, es el de Dédalo e Ícaro.
Dédalo, creador de gran talento, con el objetivo de escapar del Rey Minos sin ser descubierto, elabora, cosiendo plumas de ave a su cuerpo, unas alas que le permiten volar. Ícaro, hijo de Dédalo ayuda a éste en la minuciosa elaboración de sus alas con el objetivo de escapar los dos.
La virtud, en este caso, se torna en tragedia, así el propio acto de virtud, no tiene como premio el éxito sino que es la causa de la catástrofe. La gran maestría en el arte de tejer y elaborar productos de Dédalo es la causa de su perdición, con lo que su capacidad de desafiar al destino, o voluntad de los dioses, queda anulada.
Cuando Ícaro y Dédalo emprenden el vuelo para huir del rey Minos, Dédalo tan solo le advierte que no vuele cerca del sol para que no se abrase y tampoco se acerque al mar para que no se ahogue en él. Ícaro, en su plenitud y esplendor se maravilla con su vuelo y todo aquello que logra divisar. Es ese ansía o inquietud en conocer aquello que se desconoce lo que le lleva a volar muy alto. El destino, la curiosidad, la vanidad, o la inmadurez, pero sobretodo el calor, derriten la cera de las plumas que lleva cosidas el pobre Ícaro, que desprovistas de ellas se precipita al mar.
En aquel tiempo lo que Ícaro vivió por unos instantes estaba reservado a los dioses, volando por las nubes con plena libertad, cuando cayó, siempre pienso que lo hizo con una sonrisa, maravillado de todo lo que pudo vivir en unos instantes y no triste arrepentido de su error. Quiero pensar que Ícaro tuvo una vida corta, tanto como su vuelo, pero que en ella alcanzó un climax vital que quizá nadie habría alcanzado. En fin, pienso que Ícaro murió como los héroes.
La tragedia se la quedó Dédalo, claro, sumido en una eterna melancolía por la pérdida de su adorado hijo, el mar días después le devolvió a su hijo, pero ya nunca más volvió a sonreir.
Es interesante analizar los mitos griegos o cualquier mito, o leyenda que nos enseña el código de conducta de una civilización o cultura. Hoy en día nada nos atenaza, los mitos forjados del pasado quedan obsoletos, los nuevos mitos hay que buscarlos en los éxitos televisivos y cinematográficos de consumo masivo, y las culturas nacionales tienden a homogeneizarse dentro una misma cultura consumista, en la que como diría Nietzsche estamos más allá del bien y del mal.
“No creo que haya nada más importante que la tragedia griega, pero podéis hacer lo que queráis”. -dijo el profesor de Teatro Griego.
De entre los mitos griegos uno de los que más me atraen a mi modo particular de ver, es el de Dédalo e Ícaro.
Dédalo, creador de gran talento, con el objetivo de escapar del Rey Minos sin ser descubierto, elabora, cosiendo plumas de ave a su cuerpo, unas alas que le permiten volar. Ícaro, hijo de Dédalo ayuda a éste en la minuciosa elaboración de sus alas con el objetivo de escapar los dos.
La virtud, en este caso, se torna en tragedia, así el propio acto de virtud, no tiene como premio el éxito sino que es la causa de la catástrofe. La gran maestría en el arte de tejer y elaborar productos de Dédalo es la causa de su perdición, con lo que su capacidad de desafiar al destino, o voluntad de los dioses, queda anulada.
Cuando Ícaro y Dédalo emprenden el vuelo para huir del rey Minos, Dédalo tan solo le advierte que no vuele cerca del sol para que no se abrase y tampoco se acerque al mar para que no se ahogue en él. Ícaro, en su plenitud y esplendor se maravilla con su vuelo y todo aquello que logra divisar. Es ese ansía o inquietud en conocer aquello que se desconoce lo que le lleva a volar muy alto. El destino, la curiosidad, la vanidad, o la inmadurez, pero sobretodo el calor, derriten la cera de las plumas que lleva cosidas el pobre Ícaro, que desprovistas de ellas se precipita al mar.
En aquel tiempo lo que Ícaro vivió por unos instantes estaba reservado a los dioses, volando por las nubes con plena libertad, cuando cayó, siempre pienso que lo hizo con una sonrisa, maravillado de todo lo que pudo vivir en unos instantes y no triste arrepentido de su error. Quiero pensar que Ícaro tuvo una vida corta, tanto como su vuelo, pero que en ella alcanzó un climax vital que quizá nadie habría alcanzado. En fin, pienso que Ícaro murió como los héroes.
La tragedia se la quedó Dédalo, claro, sumido en una eterna melancolía por la pérdida de su adorado hijo, el mar días después le devolvió a su hijo, pero ya nunca más volvió a sonreir.
Es interesante analizar los mitos griegos o cualquier mito, o leyenda que nos enseña el código de conducta de una civilización o cultura. Hoy en día nada nos atenaza, los mitos forjados del pasado quedan obsoletos, los nuevos mitos hay que buscarlos en los éxitos televisivos y cinematográficos de consumo masivo, y las culturas nacionales tienden a homogeneizarse dentro una misma cultura consumista, en la que como diría Nietzsche estamos más allá del bien y del mal.


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