31 / may / 2012 - Ana Andújar.
“Ay Mario Vaquerizo, que no engañas a nadie”. Así le mentaban en Muchachada Nui hace unos años, a un Mario Vaquerizo que no era la mitad de Vaquerizo que es ahora. Ex contertulio de la Cope, manager de Elsa Pataky, Leonor Waitling y otras tantas, bebedor incansable de Mahou, ha superado el gag sobre sí mismo y su señora esposa, la grandísima Alaska, hasta el punto de dejarla en un papel secundario.
Mario Vaquerizo, que hace unos años eran tan nada como en un 'SOS Murcia' pedirle a esta servidora de SHdC un bocado de una diminuta porción de pizza a esos precios de petrodólares de festival a altas horas de la madrugada, por fin disfruta de los minutos de fama que su querido Andy Warhol había prometido para todos.
Lo hace por la puerta grande del kitsch (si es que Telecinco deja lugar): la nueva MTV, esa “music televisión” que de “music” sólo tiene el nombre ya y algunos videoclips de petardas a las 10 de la mañana, y que ahora se dedica a cebar a la muchachada con quinquis del “Jersey Shore” y americanadas de superación personal que no terminan de llegarnos al corazón.
Entonces, entre esa progración bizarra, donde igual caben vídeos de hostiazos que los geniales 'Beavis and Butthead', dan el definitivo salto al mainstream el matrimonio más peculiar del rock desde la familia Osbourne.
Durante dos delirantes temporadas, 'Alaska y Mario', el reality que desgrana el día a día de esta pareja sacada de un dibujo de Daniel Johnston, nos ha dejado ver que ese tal Mario Vaquerizo, el mamarracho que estaba orgulloso de tener una “fake-band”, donde hacía playback consentido “porque yo sólo quiero ser una estrella del rock” en las Nancys Rubias, se hace más grande que su personaje de falso frontman.
Mario Vaquerizo se nos muestra tan natural que asusta, con una mezcla de honestidad, inocencia pueril e ignorancia de contenidos medios de Trivial hasta el punto de convertirlo en irresistible y adictivo. Sus gilipolleces en cualquier ámbito despiertan odios y ternura, pero nunca indiferencia. Alaska, que algunos nunca dejamos de ver como aquella chica que le gustaba que le mearan en la cara en “Pepi, Luci y Bom”, recupera un rol de diva ibérica, como una neo-folclórica de Twitter.
Su inabarcable paciencia con su esposo, su innegable amor (y una especie de pasión sexual que no parece estar del todo satisfecha) hacia él, amén de su ánimo de marcarse los magníficos shows con Fangoria, enfundados esos enormes pechos talla XXXL en bodys de lentejuelas y plumas, y tacones de vértigo con su medio metro de estatura y edad indefinida, como una vampiresa que ha sabido reinventarse a través de las décadas más duras de la música en España, hacen de Alaska una de las artistas más impecables del país, y encima, con más aguante que un santo.
Si la primera temporada del reality describía los periplos de la boda en España de este gran matrimonio (si bien ya se casaron hace años en Las Vegas) ponen de manifiesto que una gran estrella también tiene que elegir un menú y salón de celebraciones, cuanto más hortera mejor, y lidiar con unos invitados que pasan de Carmen Lomana a Fabio McNamara.
Esta última hornada de programa, la segunda temporada, nos introduce en un road trip que ríete tu de un viaje de Hunter S. Thompson: la luna de miel por Estados Unidos, donde igual visitan una reserva india que renuevan sus votos en la “ciudad del pecado” ante el mismo Elvis que los unió años atrás. Un cúmulo de perlas que es imposible describir, cuando puedes oír su contagiosa risa y demás payasadas en Youtube, imprescindible sus clases de inglés, un must. ¡Y “una cervecita amiga”!
“Ay Mario Vaquerizo, que no engañas a nadie”. Así le mentaban en Muchachada Nui hace unos años, a un Mario Vaquerizo que no era la mitad de Vaquerizo que es ahora. Ex contertulio de la Cope, manager de Elsa Pataky, Leonor Waitling y otras tantas, bebedor incansable de Mahou, ha superado el gag sobre sí mismo y su señora esposa, la grandísima Alaska, hasta el punto de dejarla en un papel secundario.Mario Vaquerizo, que hace unos años eran tan nada como en un 'SOS Murcia' pedirle a esta servidora de SHdC un bocado de una diminuta porción de pizza a esos precios de petrodólares de festival a altas horas de la madrugada, por fin disfruta de los minutos de fama que su querido Andy Warhol había prometido para todos.
Lo hace por la puerta grande del kitsch (si es que Telecinco deja lugar): la nueva MTV, esa “music televisión” que de “music” sólo tiene el nombre ya y algunos videoclips de petardas a las 10 de la mañana, y que ahora se dedica a cebar a la muchachada con quinquis del “Jersey Shore” y americanadas de superación personal que no terminan de llegarnos al corazón.
Entonces, entre esa progración bizarra, donde igual caben vídeos de hostiazos que los geniales 'Beavis and Butthead', dan el definitivo salto al mainstream el matrimonio más peculiar del rock desde la familia Osbourne.
Durante dos delirantes temporadas, 'Alaska y Mario', el reality que desgrana el día a día de esta pareja sacada de un dibujo de Daniel Johnston, nos ha dejado ver que ese tal Mario Vaquerizo, el mamarracho que estaba orgulloso de tener una “fake-band”, donde hacía playback consentido “porque yo sólo quiero ser una estrella del rock” en las Nancys Rubias, se hace más grande que su personaje de falso frontman.
Mario Vaquerizo se nos muestra tan natural que asusta, con una mezcla de honestidad, inocencia pueril e ignorancia de contenidos medios de Trivial hasta el punto de convertirlo en irresistible y adictivo. Sus gilipolleces en cualquier ámbito despiertan odios y ternura, pero nunca indiferencia. Alaska, que algunos nunca dejamos de ver como aquella chica que le gustaba que le mearan en la cara en “Pepi, Luci y Bom”, recupera un rol de diva ibérica, como una neo-folclórica de Twitter.
Su inabarcable paciencia con su esposo, su innegable amor (y una especie de pasión sexual que no parece estar del todo satisfecha) hacia él, amén de su ánimo de marcarse los magníficos shows con Fangoria, enfundados esos enormes pechos talla XXXL en bodys de lentejuelas y plumas, y tacones de vértigo con su medio metro de estatura y edad indefinida, como una vampiresa que ha sabido reinventarse a través de las décadas más duras de la música en España, hacen de Alaska una de las artistas más impecables del país, y encima, con más aguante que un santo.Si la primera temporada del reality describía los periplos de la boda en España de este gran matrimonio (si bien ya se casaron hace años en Las Vegas) ponen de manifiesto que una gran estrella también tiene que elegir un menú y salón de celebraciones, cuanto más hortera mejor, y lidiar con unos invitados que pasan de Carmen Lomana a Fabio McNamara.
Esta última hornada de programa, la segunda temporada, nos introduce en un road trip que ríete tu de un viaje de Hunter S. Thompson: la luna de miel por Estados Unidos, donde igual visitan una reserva india que renuevan sus votos en la “ciudad del pecado” ante el mismo Elvis que los unió años atrás. Un cúmulo de perlas que es imposible describir, cuando puedes oír su contagiosa risa y demás payasadas en Youtube, imprescindible sus clases de inglés, un must. ¡Y “una cervecita amiga”!


1 comentarios:
Me ha gustado. Sí señor. Enhorabuena
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