El piloto, el técnico y el torero

24 / may / 2012 - Antonio Antonio (@AntAndreu).

Sentados en un banco, tres ancianos ven caer la tarde. No queda nada de aquel tipillo que marcaba el traje de luces en el primero. El segundo, cabellera pelada desde hace mucho, advierte su pasado de futbolista con unas piernas arqueadas que en tiempo fueron fibrosas. Las orejas de soplillo del tercero se han estirado y arrugado por el irremediable paso de los años. El atardecer ciega los ojos de los tres y llena sus almas de nostalgia.

Comienzan a recordar. Y hablan.

- “Simplemente perdí la ilusión. Ni siquiera fue el nacimiento de mi hija lo que me hizo dejarlo. Había muchas otras cosas que quería hacer en mi vida. No podía dejar el motociclismo cuando hubiera perdido por completo la pasión. No quería retirarme y no volver a subirme en una moto en diez años. A mí me encantan las motos, han sido mi vida”. Comenzó el piloto.

- “Cuando amas tanto tu profesión, cuando te involucras en cuerpo y alma, dejas mucho en el camino. Es agotador y difícil mantener las piernas en el lugar y la cabeza encima. Lo logré todo y simplemente dije ‘basta, no puedo más’. Hubiera sido más fácil por mi parte seguir, tenía jugadores impresionantes y el cariño de la gente. Pero fui honesto, solamente fui honesto. No me arrepiento”. Siguió el entrenador.

- “Los toros no perdonan que no te entregues. No sirven las medias tintas cuando tienes delante 600 kilos y dos pitones en punta. Tuve que dejarlo, me vi obligado a dejarlo porque no estaba bien. El descanso me sirvió para darme cuenta de que no podía vivir sin torear, para reconocer que vivir sin torear no es vivir”. Continuó el torero.

- “Vivir sin fútbol tampoco es vivir. A los 13 años dejé a mi familia porque soñaba con ser futbolista. Cada mañana veía el estadio en el que deseaba triunfar, olía el césped recién cortado. El mejor olor del mundo. Lo conseguí, disfruté con cura y prudencia la victoria y apreté los dientes en la derrota. Fui futbolista y entrenador del equipo de mi vida. Y, lo más importante, lo hice siendo fiel a mí mismo y al balón. No podía traicionar eso que me había dado tanto”. Prosiguió el técnico.

- “El olor a gasolina, ese sí que es el mejor olor del mundo. Cómo vivir sin él, sin el vértigo de la crono, sin los derrapajes. A los diez años pasaba más tiempo sobre una moto que en la escuela o a pie. Dejé Australia, mis padres hipotecaron sus pertenencias y nos fuimos a Europa a hacer vida en una roulotte, cerca de los mejores circuitos, soñando con correr algún día el Mundial. Lo conseguí. Yo también lo conseguí”. Comentó el piloto.

- “Aprender desde niño, en Galapagar, a templar embestidas despacio, muy despacio.
Coger una muleta, torear de salón, hacer un tentadero, y llegar a una plaza de toros, ponerme el traje de luces y liarme el capote de paseo para volver a pisar el terreno de la libertad. La libertad que se siente en el ruedo poniendo la vida en juego, pero eso sí, a cambio de más vida todavía. Yo sentí esa libertad”. Expresó el diestro.

- “Por eso lo dejé, porque lo amo tanto. Porque no soporto que se manche el bien más preciado. Cómo engañar a algo que ha hecho de ti lo que eres. Lo aprendí de Ángel Mur, aquel masajista que me ayudó a ser buena gente, hoy que parece que ser buena gente se ha de escribir en letra pequeña. Él siempre lo decía: en nombre del fútbol, por favor, tonterías, las justas”. Retomó el míster.

- “Me sentía un monstruo en ese mundillo. No era el campeonato con el que me enamoré de las motos. Había mucha gente deshonesta en ese paddock, no era un paddock limpio y por eso ya no me divertía. Necesitaba alejarme de todo y disfrutar de la vida. Hubiera seguido corriendo, pero en circuitos vacíos. Prefería estar en mi rancho, montando a caballo, pescando, con los míos, o en un rincón solo, sin nadie que me molestara. Necesitaba evadirme de MotoGP”. Contó el piloto.

- “En la tauromaquia esto es lo único importante, el único milagro que ha existido jamás: el toro, un hombre desarmado, una muleta, y el arte que le salva de la muerte. Entiendo que no llegaran a entenderlo. Tampoco traté de explicárselo nunca. Odiaba todo ese circo. A la prensa mentirosa, los empresarios despiadados y los antitaurinos incultos. No toreaba para ser exhibido en televisión, sino para ser sentido en la plaza. Ahí, en la arena, solos yo y el toro, donde todo lo demás no importa. Únicamente al toro bravo debo agradecerle. A ‘Navegante’, ese animal que me quiso quitar la vida en Aguascalientes. A él y a todos los demás por ayudarme a vivir la vida más plena que conozco”. Apuntó el torero.

Con la caída de la tarde, los tres ancianos se levantaron para marcharse. Casey Stoner, Pep Guardiola y José Tomás, unidos no se sabe dónde ni por qué. A su paso lento y renqueante se erguían orgullosos por lo que fueron. Aquello, lo único, que tenían en común: una valentía y honestidad brutales. La fuerza de no traicionarse a sí mismos por dinero.

Como dijo alguien: “Mirarte al espejo y saber que vives de acuerdo contigo mismo, con tus valores. Lo importante no es sobrevivir a toda costa, sino darle un sentido a tu vida”.

Casey, Pep y José Tomás, el piloto, el técnico y el torero, demasiado sensibles como para aceptar la mercantilización del deporte. Demasiado puros como para ignorar la comercialización en serie del arte. Demasiado humanos como para soportar un mundo en el que eran tratados como máquinas.

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