La primavera del arte cumple 90 años

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Lola Flores | Vía: Menchu Gamero
22 / ene / 2013 - Yolanda Salmerón (@YolandaMyS). 

Racial, mágica, auténtica y pura ... inmensa como la pasión, inmortal como el amor, una grande sin título ... nació un 21 de enero para derrochar un manto de flores al arte de una España escuálida y fría que supo apreciar el calor de sus brazos con un cariño eterno que la hace estar más viva que nunca. 

Se le quedan cortos los calificativos de cantante y actriz española con que se intenta definir en cualquiera de sus biografías las cuarenta películas que protagonizó, los innumerables discos que vendió y la de escenarios, de aquí y allá, que sostuvieron la fuerza de su temperamento. Cantaba, bailaba, actuaba, recitaba, ensalzaba la cultura popular desde su arte y por su arte y quemaba con el fuego de sus pestañas sin llamarse Carmen. Mecía en sus brazos al aire flamenco, la copla, el rap y cualquier estilo que trajera verdad a su expresividad, a esa manera suya, gitana y valiente, de hacer, decir y pisar un escenario cual torbellino de colores. 

Escribió de ella un periodista apelando al público que "no sabía bailar, ni cantar, pero que no se la perdieran", porque La Faraona era y es, ante todo, un torrente de verdad, pureza y estilo, única y personal. Atemporal, está en el arte como fuente inagotable de sabiduría, como hermana mayor del duende, a quien tiene mucho que enseñar. 

Cualquier actuación suya es un arañazo al alma, duele porque ya no está, porque sólo el duende sabe cuánto la llora en la pérdida de su arte pasional, porque canta, baila y pisa el escenario con verdad, desde sus entrañas, sacando su maleza y su bondad, haciendo el amor a las letras y peleando a cuchillada limpia con el baile, como un amor turbio, a lo Caracol, de esos imposibles, qué lástima de aquél que no se abrase con uno. La niña de fuego lleva al espectador, con su presencia en el escenario, en el attrezo inverosímil de una película, o en el rajo de su voz en aquellos últimos programas, a encontrarse consigo mismo, con sus miserias, luces y sombras, con ese cajón donde se esconden las penas y se guardan las alegrías mientras pelea la vida la gente corriente, ahogando deseos e implorando sueños. 


Resuena aún el eco de las palmas que corean su nombre en la figura de Lola, Antonio y Rosario, unos hijos que sin superarla, son bendita rama por salir al tronco. Y en la de las generaciones venideras, en su "si me queréis, irsen", en la pena eterna, ‘La Zarzamora’, los volantes y el escote sensual de un traje bien plantao hecho para una mujer cinco estrellas, en Jerez, y Madrid, en el sabor de la sangre, en la gitanería del arte y la cultura del folclore, en ese Lorca de verde aceituna, en una peseta para no empeñar el pendiente, en la bandera de la libertad y en cualquier mujer fuerte, ángel y demonio, que se quiere, se respeta y lucha por hacerse un hueco. 

Lola Flores es todo eso y más... es su fiel escudero, el Pescaílla, el calor de su séquito de amigos, la admiración de sus amantes, entre público y privado ... y esa luz mágica que por más que se apaguen los focos queda encendida para alumbrar la esencia del arte, la pureza de una suerte, la de romperse el pecho a cada paso, con la única compañía de la sangre. 

Si estuviera del lado de acá, esta semana habría cumplido 90 primaveras, lo que fue ella para el arte, una sensual y pura bandera de la libertad. ¡Qué no le pongan calificativos! ¡Qué nadie le corte las alas, que los sueños son libres y ella fue el más bello de los antojos del arte nuestro!

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