16 / ene / 2013 - Ana Andújar.
Corre una tira cómica en las redes sociales en la que dos amigos se charlan. En la primera, situada en el 2008, uno le dice al otro: “Tío, soy mileurista”, a lo que su compañero responde: “Joder, qué putada”. La siguiente viñeta data del 2012 y los mismos monigotes comentan: “Tío, soy mileurista”. “Joder, cabrón, qué suerte tienes”.
Nos dimos cuenta que la cosa no iba bien del todo hace ya bastantes meses, cuando una noche, reunidos en el bar en que trabajaba nuestra amiga Sole (por unos magníficos 5 euros la hora, la envidia de su gremio), unos ocho amigos nos intentábamos en vano convidar a unas cervezas que al final pagábamos a medias.
Era miércoles, un miércoles crápula como los que nos solíamos gastar de universitarios (ya no lo éramos, sólo en lo que inmiscuía esa epidemia teenager en la que estamos sumidos los treintañeros de nuestra generación), y en ese miércoles, digo, anunciaron las doce de la noche. Entonces, una de las parejas de entre los presentes vaquillas saltaron de sus taburetes: “Nos vamos, mañana hay que currar”. Por supuesto tuvieron que sufrir toda clase de vejaciones de sus colegas beodos, entre vítores y fueras, cortarollos, rojos, masones y sinvergüenzas y otras lindeces de bajo postín de quien ha convertido la Paulaner en su método Milton.
Pero al instante, una décima de silencio se hizo entre todos los demás restantes: seis treintañeros, entre ellos licenciados, graduados, “masterizados” y pasteurizados en los más diversos campos: ciencias, letras y fiestas de guardar. Ninguno nos teníamos que ir a casa porque ninguno tenía que trabajar al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Ninguno teníamos que recogernos de la oreja a casa porque estábamos en paro, quizá gastando el dinero que no teníamos, despotricando del sistema, el gobierno, las mujeres frígidas y el bífidus, y ahí nos quedamos: una muestra significativa de lo que hoy es la vergonzosa peste del paro juvenil.
Somos elementos entre cifras espeluznantes, con casi un 60% de jóvenes desempleados, y el anuncio de la patronal de un contrato (lo “están estudiando” dicen, como si se pudiera confiar en el desvelo que le traemos) sólo para jóvenes que equipararía el salario mínimo al final: 600 euros para todos los que no les haya salido pelo en los sobacos. Así que pensamos: esos de la CEOE, ¿no se tiran de los pelos (como hacen nuestros padres) del dinero gastado (ya ni se puede decir “invertido”) en la educación de sus hijos, para que pasen las horas actualizando el portal de Infojobs?
Aunque ya no hay vida “vivible” para poder cotizar, tenemos que aguantar ser vistos como vagos y maleantes, compartir pupitre con púberes que ni siquiera sabrán lo que es haber tenido trabajo alguna vez, ser esa estadística fatal, no nos pueden decir que ya no hay sitio para nosotros. No nos rindamos y sigamos siendo su grano en el culo.


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