14 / ene / 2013 - Ana Costa (@mafalda_anac).
Empiezo esta reseña un tanto sui generis del último libro de Eduardo Mendoza sabiendo que no voy a ser parcial. Es mi debilidad. Mi perdición. Mi confeso gusto por lo casposo y lo decadente encuentra en Mendoza su cénit de placentero deleite.
Reconozco que Mendoza no se lleva. Y no lo digo por decir. Lo digo porque hará como un mes que vino a provincias a presentar su último libro e ilusa de mí, me planté en la caja de ahorros pertinente (un escenario muy de Mendoza), una hora antes del evento pensando, como dice la juventud, que el escritor catalán "lo iba a petar", como había hecho una semana antes el periodista más molongui del Telediario de TVE, Carlos (Charlie) del Amor.
Imaginad mi sorpresa cuando cinco minutos antes de que empezar el coloquio no había más de 20 personas en una sala habilitada para 500. Allí estábamos todos esparcidos, para parecer todavía menos, cuando entró Mendoza y comprendí que este hombre menudo es un grande. Es un grande por silencioso, por cabal, porque habla bajito, porque es catalán sin más, porque hace lo que le da la gana y porque su educación le brota en cada gesto, en cada palabra y en cada sonrisa. Vamos, que estábamos todos aplaudiendo para adentro con cada una de sus intervenciones, pese a que el nivel del entrevistador (responsable cultural de la entidad vendida por un euro al Banco Sabadell) fuese más comentable que lo afirmado por el entrevistado.
Lo de menos era 'El enredo de la bolsa o la vida', del que venía a hablar, porque lo mejor que podías hacer era escuchar a un sabio decir las palabras más inteligentes que le he oído nunca a nadie sobre 'El Quijote'. Y es que tiene razón, 'El Quijote', lo hayas leído o te lo hayan contado, da buen rollo, transmite buenas vibraciones, tal y como hace él en sus libros.
Éste último no es su mejor ni más brillante, pero te asegura la carcajada y está concebido desde el más profundo amor hacia Barcelona, hacia lo ruin, hacia lo cutre, hacia lo decadente. Peluquerías llenas de moscas, bazares chinos repletos de filosofía, mimos de las ramblas metidos a espías, Kalise y Magnum para todos y patatas bravas congeladas de Mercadona, retratan a una Barcelona que tienes que acabar por adorar, como a los personajes creados por Mendoza desde la risa, desde la pura risión.
Solo él puede hacer que sigan funcionando después casi 40 años. Están todos y alguno más: el anónimo detective ahora dueño de una peluquería, el escapado de nuevo del manicomio Rómulo ”el guapo”, el timador profesional “Pollo Morgan”, el africano albino Kiwijuli Kawaa (“El Juli”), la comedora oficial de Magnum “ Quesito”, la acordeonista y camarada “ Troski”, el repartidor de pizzas Manhelik y el señor Armengol, dueño del restaurante “Se vende perro” y la familia Siau, cuyo hijo adolescente, Kwe- Shi-Tow, ha adoptado el nombre catalán de Quim. Ah, me olvidaba de La Merkel, que también aparece, cómo no.
No cuento más, porque tampoco hay más que contar. Es puro y duro Mendoza. Es, como siempre, la reinvención de lo más español de nuestra literatura: el pícaro, el timador, el buscavidas graciosete y carota que nos acompaña desde el XVI y que el ganador del Planeta conoce y maneja como nadie en nuestro iniciado siglo, gracias a un estilo y un lenguaje propio que homenajea a los grandes y nos vuelve a demostrar la enorme complejidad de lo simple.
Me río yo de los modernos que creen haber inventado la pepsicola con el estilo chanante y el humor absurdo. Lean a Mendoza, verán lo poco que tienen de originales. Nadie hasta ahora dentro del mundillo literario ha sabido explicarme por qué un autor de la calidad de Eduardo Mendoza no es académico de la lengua. Misterios de la cripta. Misterios de esa España que tan bien conoce un catalán.


1 comentarios:
Es cireto que Mendoza usa un lenguaje satírico y de gran humor como nadie, pero tampoco hay que menospreciar a los "chanantes" pues ellos, como otros, ponen de manifiesto y usan expresiones populares con cierto tinte de humor absurdo. Mendoza es un genio pero los Chanantes, también; cada uno en su campo.
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