Erasmus Shore, la beca de la discordia

2 / nov / 2012 - Ana Andújar

El programa Erasmus empezó en 1988 como un gen de lo que debía ser la universidad del futuro: innovadora, tolerante y homologada a nivel europeo. Permitiría a los estudiantes universitarios de la Unión Europea realizar intercambios entre centros y conocer nuevas culturas, aprender un idioma y formarse a nivel internacional. 

Hoy, 25 años después, la beca más famosa de los campus europeos corre peligro: según la Comisión Europea, los fondos para esta partida de educación también se han visto afectados por la crisis, y aunque se ha apresurado a negar que vayan a desaparecer, calmando la alarma estudiantil y de los becados que ya habían empezado el curso, es en el curso 2014 cuando surgen las mayores dudas de su continuidad. 

Pero, ¿tan importantes son estas becas para que haya cundido el pánico entre docentes y aspirantes a licenciados? Eso se preguntan los que estos días han calificado a la beca Erasmus como una orgía de chupitos, vaguería, calzoncillos en la cabeza y úlceras a la vuelta del país de origen. 

La mayoría conocemos a alguien que cursó esta beca o tenemos borrosos recuerdos de la nuestra. ¿Acaso pasamos los 9 meses encerrados en la biblioteca, sepultados por libros de investigación, asistiendo a las actividades del club de ajedrez? Mi aliento de peppermint te puede asegurar que no. ¿Pero quizás nuestro año lo pasamos despertándonos en camas extrañas, desayunando vodka, cobrando la ayuda y gastándola en crack, sin poner un pie en la universidad? Seguro que más de uno levanta la mano, pero si quisiste traerte al menos una asignatura aprobada de vuelta a tu universidad natal (¡ah! ¡aquellos tiempos cuando no importaba dejarte una asignatura para el año siguiente, porque las tasas eran asumibles!), confiesa, ahora que no están delante los gañanes de tus amigos, que hiciste algo académicamente aprovechable. 

Y es que el hecho de asistir a clases en universidades extranjeras, conocer sistemas educativos diferentes -aún recuerdo mi asombro cuando comprobé que las clases de literatura en Inglaterra tenían horas de prácticas… nos dividían en grupos de 10 personas para que… para que…. (¡ánimo, valor!)…¡para que opináramos!- además de sí, comprobar que hay otras sociedades, otras pequeñas diferencias entre las gentes de un mundo cada vez más globalizado. 

Lo reconozco: yo llegué a desayunar vodka, pero también leí como una perra, hice decenas de ensayos, conocí a gente de todo el planeta, mejoré mi inglés, robé en el Tesco, y supe que de las moquetas obtendrán un día la vacuna contra el sida. Lo peor que les puede pasar a los futuros becados es descubrir que hay pensamientos diferentes al propio. Y ojalá les pase.

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