8 / nov / 2012 - Ana Andújar.
No se me ocurre una mejor descripción para una perrita que murió de vieja, y que efectivamente, tuvo que ser así de mítica para darle nombre a una de las editoriales más insólitas y sorprendentes del país. Blackie Books empieza a publicar sus libros de forma independiente en octubre de 2009 desde Barcelona, abanderados por el espíritu de esta perra guerra que quería ser inmortal, y que según dicen los fundadores, lo va a lograr a través de sus títulos.
Y es que esta editorial ha elegido el camino más difícil: intentar apostar por lo sencillo y lo bello. Arduo y jodido, pero lo han logrado. A día de hoy, cuentan con más de treinta títulos de autores tan diversos como desconocidos, tan renombrados como de hace siglos, tan jóvenes y tan psicodélicamente retorcidos. Además de una edición deliciosa en tapa dura (¡en qué nos estábamos convirtiendo con las putas tapas blandurrias que copian la cartelería de la película que han engendrado!), Jan Martí y Diana Hernández, ideólogos de la empresa, han desarrollado un pequeño “Blackie Market”, donde la literatura llega a las camisetas básicas, y unos originalísimos “cuadernos de deberes” para adultos a lo “vacaciones Santillana”, pero que lejos de hacerse de odiar como estas últimas (las recuerdo con terror todas las siestas veraniegas de mi infancia, y ni siquiera creo que me hayan hecho mejor persona) , destilan humor y despiertan neuronas perdidas.
Esa es la tónica de los libros “Blackie”: humor, ironía, bizarrismo y originalidad. Entre los muchos ejemplos que podemos comentaros, copa el primer puesto (siendo totalmente subjetiva y zorra del infierno) nuestro amigo el barbudo Mark Oliver Evertt y su ‘Cosas que los nietos deberían saber’, a cuenta de las desventuras del líder de Eels, a punto de publicar nuevo trabajo musical en 2013, y del que ya dimos buena cuenta en SHdC en anteriores ocasiones.
Además, hay joyas escondidas como ‘El tutú’ de Princesa Safo, un manuscrito extraño y bautizado como “la novela más misteriosa del siglo XIX”. La identidad del autor es un enigma, al igual que la procedencia de las sustancias que hubo de tomar para lograr tal desvarío divertidísimo y perturbador: las aventuras de Mauri de Norof en un París circense y peculiar, de donde parece basado el universo Lynch y la peor (y por lo tanto mejor) serie B.
Y para individuos raros, qué me dicen de Richard Brautigan, él con su sombrero folk, su bigote de moderno de Malasaña y sus collares de dientes de carpa. Personaje esquizofrénico, abandonado por su padre y criado en Montana, alcanzó la fama en el 67 con ‘La pesca de la trucha en América’, el gran volumen que Blackie Books publicó en sus primeros lotes. Brautigan llevó la fama fatal, y como muchos grandes prefirió terminar sus días con licor en el estómago y plomo en los sesos. Pero este libro es un canto genial a la naturaleza, a las pequeñas cosas, a los pueblerinos que te sacan una sonrisa, todo en un lenguaje irónico, simple y desternillante.
Entre las primeras ediciones también cabe destacar a Shalom Aulander con ‘Lamentaciones de un prepucio’, título que ahonda en el poso que dejan los terrores de base de la religión en los adultos desde la óptica más hilarante y “woodyalleniana” (uff) del autor, en una suerte de divertimento de desgracia ajena que es imposible no leer de un tirón.
¿Conocen el gran refrán gañán de “¿dónde está tu madre?” “La lleva un perro en la boca?" Pues Blackie trasporta en sus fauces otros muchos libros fantásticos, desde ‘Pippi Calzaslargas’ a Werner Herzog pasando por la gran esperanza teenager de diecinueve años Ben Brooks. La literatura, esa perra.




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