Patti Smith ante su verdadera realidad

13 / sep / 2012 - Ana Andújar.

Que Patti Smith es una rarita, lo sabe todo el mundo. Que a veces se hace de odiar, posiblemente también. Pero que es distinta, no hay duda. La miro desde el pórtico de la obra de arte que es 'Horses', uno de sus feroces discos y una de las mejores portadas de la historia del rock’n’roll, y parece decirme: “jódete, seré insoportable, pero dije que lo conseguiría y aquí estoy”.

Y es verdad. 'Éramos unos niños' es una vida entera en un libro de bolsillo, un pedazo de Nueva York en su época más sucia y por tanto, gloriosa. Patti Smith crea una autobiografía bicéfala, que es a la vez vida suya y del que fue su compañero sentimental, artístico y astral durante más de veinte años, el genial Robert Mapplethorpe, y con sus vivencias y sueños de fondo, los de convertirse en los mejores artistas desde Blake y Genet, describe las sufrientes y perfectas décadas para la música y el arte, de los sesenta a los ochenta.

Es una realidad distinta, “su” realidad, bien diferente (o tan igual, según se mire, pues los espejos tenían entonces ambos lados útiles) a la que se narra en 'Por favor, mátame' de Legs McNeil y Gillian McCain, aquella biblia del punk y de la costa este “arty” que dejaba a nuestros ídolos con la ropa interior en la mano. En ese libro, que eran una suerte de entrevistas transcritas en un trabajo minucioso y brillante -el de poner orden a cabezas tan disolutas, bien por la vida misma o por el contenedor de drogas que de él hicieron sus cuerpos, a Iggy Pop, Debbie Harry, Johnny Thunders, Tom Verlaine o Johnny Ramone- Patti Smith no sale bien parada del todo: psicótica, freak, trepa, farsante y bohemia DIY.

No creo que quien lea 'Éramos unos niños', escrito de su propia boca, vaya a cambiar de opinión, pues la lírica de la artista, que la ha hecho lo que es, no está preparada para esta época, como tampoco lo estaba en la suya, y es tan insufrible como bestial. Al principio de lectura espesa y quizás demasiado artísticamente afectada, estas memorias alcanzan una velocidad vertiginosa cuando se está enredado, definitivamente, en los tentáculos deliciosamente pegajosos de poesía, de promesas y de minuciosas descripciones, que conducen al centro de la telaraña, y que dan motivos para que olvides que odias a Patti: el amor incondicional de una pareja tan atípica como redonda, tan hechos el uno para el otro que en verdad son dos partes de la misma pieza.

Mapplethorpe, a quien casi da vergüenza mirar a los ojos en cualquiera de los retratos, suyos o ajenos (increíble en la instantáneas de Alice Springs) por el magnetismo sexual que desprende, fue fotógrafo, escultor, poeta, chapero, amante e igual de escalador social que la Smith, sin que por ello perdiera un ápice de encanto.

Al principio, seguimos a estos críos por separado, que entre colchones llenos de ladillas, confluyen en el centro del mundo: Nueva York, luego el Hotel Chelsea, después la Factory de Warhol, las polaroids, el sida, Rimbaud y el padrino Ginsberg. Como con los verdaderos hermanos, el lazo se rompe temporalmente, aunque no es más que un respiro para la eternidad. Temíamos que el libro fuera una autoproclama de la cantautora pero estamos salvados, la historia de una vida de elegidos no puede ser basura: es un manifiesto de amor al arte, literalmente brutal, y de amor al otro que te pueda acompañar en ese viaje.

1 comentarios:

Anita, necesias Twitter ya! El mundo del pajarito no puede dejar de coocerte.

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