19 / jul / 2012 - Antonio Andreu (@AntAndreu).
El origen de todo, el Big Bang, ocurrió en la Holanda de la posguerra europea. En el momento de la explosión, aficionados del FC Barcelona acudían al estadio musitando la eterna frase avui patirem (hoy sufriremos). El principio, año 0, coincidió con nuevas victorias del equipo de la capital de España. La estrella fugaz señaló un hospital de Ámsterdam. Hendrik Johannes Cruijff, llegaba al mundo en una de sus habitaciones. Luego vendría todo lo demás.
La necesidad agudiza el instinto y la inteligencia, sobre todo cuando no acompaña la fuerza. Sin padre a los 12 años se hace más necesario. Obliga a vivir para siempre como el Lazarillo de Tormes: maquinando continuamente una salida a la supervivencia. Ya sea para poder comer, aportando dinero al sueldo de tu madre lavandera, o sobre el terreno de juego. La velocidad mental y la anticipación se hacen imprescindibles en la calle. Y cuando se tiene enfrente a Beckenbauer. Los golpes curten la personalidad. Acaban por forjar un individuo único, a menudo arrogante, un personaje avanzado a su tiempo.
“¿Por qué su hijo se ha hecho imprimir nada más que Jordi en la camiseta, sin el apellido Cruyff? Porque Cruyff sólo hay uno”. La respuesta, dada a la velocidad de la luz, como el 14 galopaba por el campo. Sin medias tintas, de alguien que siempre viene de vuelta. Hay que perder una final mundialista para relativizarlo todo, para comprender que la victoria no es lo más importante. “Perdimos, es cierto, pero creo que se ha hablado más de nosotros, de la ‘Naranja Mecánica’, que de los ganadores. Por encima de ganar está dejar un sello en la historia, y nosotros lo hicimos aún en la derrota”.
El sello del ‘Dream Team’, vapuleado ante el Milán en una final de Copa de Europa. “Salid y disfrutad”, ordenó el técnico holandés a sus jugadores antes de que pisaran el campo. “Si te tienen que atropellar, mejor un Mercedes que un 600”, dijo al concluir el partido. Ni un paso atrás cuando está en juego lo único intocable: el espectáculo.
“Míster, usted me dice que juegue adelantado, ¿Y qué pasa si me marcan un gol por arriba desde el centro del campo? Pues te giras y aplaudes”. Zubizarreta lo tuvo más claro.
Un cigarrillo en la boca, trastocando la imagen del deportista. Como el salmón, nadando siempre a contracorriente. Confiando en un chaval de Santpedor, enclenque como fue él, para conducir al equipo de ensueño. Pintando sus botas de negro para exigir que las marcas pagaran por calzarlas. Jugando con defensa de tres. Y, sobre todo, cambiando la mentalidad de un club sumido en el pesimismo para instalar definitivamente la cultura del disfrute.
El Big Bang, el origen: adiós para siempre al avui patirem. Alegría y seguridad en el Camp Nou aunque haya que llegar a la última jornada para ganar tres Ligas. La primera Copa de Europa. El principio de todo. Confianza en el juego, en la cantera, en una Biblia bendecida por todos sus discípulos. Rexach, Van Gaal, Rijkaard y Guardiola. “Cruyff hizo la Capilla Sixtina y Miguel Ángel sólo hay uno”, dijo Pep, el autor del paso adelante. El sueño mejorado, ordenado por alguien que cuando se refiere a Cruyff utiliza una sola palabra: Déu, Dios.
El origen de todo, el Big Bang, ocurrió en la Holanda de la posguerra europea. En el momento de la explosión, aficionados del FC Barcelona acudían al estadio musitando la eterna frase avui patirem (hoy sufriremos). El principio, año 0, coincidió con nuevas victorias del equipo de la capital de España. La estrella fugaz señaló un hospital de Ámsterdam. Hendrik Johannes Cruijff, llegaba al mundo en una de sus habitaciones. Luego vendría todo lo demás.La necesidad agudiza el instinto y la inteligencia, sobre todo cuando no acompaña la fuerza. Sin padre a los 12 años se hace más necesario. Obliga a vivir para siempre como el Lazarillo de Tormes: maquinando continuamente una salida a la supervivencia. Ya sea para poder comer, aportando dinero al sueldo de tu madre lavandera, o sobre el terreno de juego. La velocidad mental y la anticipación se hacen imprescindibles en la calle. Y cuando se tiene enfrente a Beckenbauer. Los golpes curten la personalidad. Acaban por forjar un individuo único, a menudo arrogante, un personaje avanzado a su tiempo.
“¿Por qué su hijo se ha hecho imprimir nada más que Jordi en la camiseta, sin el apellido Cruyff? Porque Cruyff sólo hay uno”. La respuesta, dada a la velocidad de la luz, como el 14 galopaba por el campo. Sin medias tintas, de alguien que siempre viene de vuelta. Hay que perder una final mundialista para relativizarlo todo, para comprender que la victoria no es lo más importante. “Perdimos, es cierto, pero creo que se ha hablado más de nosotros, de la ‘Naranja Mecánica’, que de los ganadores. Por encima de ganar está dejar un sello en la historia, y nosotros lo hicimos aún en la derrota”.
El sello del ‘Dream Team’, vapuleado ante el Milán en una final de Copa de Europa. “Salid y disfrutad”, ordenó el técnico holandés a sus jugadores antes de que pisaran el campo. “Si te tienen que atropellar, mejor un Mercedes que un 600”, dijo al concluir el partido. Ni un paso atrás cuando está en juego lo único intocable: el espectáculo.
Un cigarrillo en la boca, trastocando la imagen del deportista. Como el salmón, nadando siempre a contracorriente. Confiando en un chaval de Santpedor, enclenque como fue él, para conducir al equipo de ensueño. Pintando sus botas de negro para exigir que las marcas pagaran por calzarlas. Jugando con defensa de tres. Y, sobre todo, cambiando la mentalidad de un club sumido en el pesimismo para instalar definitivamente la cultura del disfrute.
El Big Bang, el origen: adiós para siempre al avui patirem. Alegría y seguridad en el Camp Nou aunque haya que llegar a la última jornada para ganar tres Ligas. La primera Copa de Europa. El principio de todo. Confianza en el juego, en la cantera, en una Biblia bendecida por todos sus discípulos. Rexach, Van Gaal, Rijkaard y Guardiola. “Cruyff hizo la Capilla Sixtina y Miguel Ángel sólo hay uno”, dijo Pep, el autor del paso adelante. El sueño mejorado, ordenado por alguien que cuando se refiere a Cruyff utiliza una sola palabra: Déu, Dios.


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