2 / may / 2012 - Antonio Andreu (@AntAndreu).
Arouna sólo sabe hacer una cosa y es la única que lo hace feliz. Lanzar la pelota de trapo entre las dos piedras, en el descampado de tierra de Anyama. El gol, preludio del baile de Koné, descalzo y con una sonrisa más blanca que el marfil de su costa. Marcar para soñar, para abandonar la pobreza que casi siempre impone África.
Conseguir el anhelado billete a la libertad. Correr, agarrar la pelota y acertar. Volver a acertar. Y a cada gol tener más cerca aquel collar de oro para tu madre, ese colegio bilingüe para tus hermanos.
El instinto asesino de Arouna, reflejado en sus ojos. Y la posterior alegría. Orgasmos, danza tribal vistiendo la camiseta del Rio Sport D’Anyama. Una capacidad innata para perforar porterías, portería de verdad, esta vez. Galopando como una pantera con el balón en los pies, un balón que acabará inevitablemente en la red del equipo que se enfrente al Lierse belga, al Roda holandés, al gran PSV Eindhoven. Felicidad, más felicidad. La jugada que acaba en el grito de la hinchada, Arouna Koné tocó el balón el último. Goles vestido de naranja, de un ‘elefante’ carnívoro, como Didier Drogba. La eterna sonrisa brillante de Arouna y un pelo amarillo acorde a su estado de ánimo. La alegría, el gol africano, el único gol rubio africano.
Y llegó Sevilla, donde nunca antes el gol había costado tanto. Doce millones de euros para seguir disfrutando. El oficio, no, el juego, la distracción de Arouna, pagada a precio de oro. Bastaba con continuar marcando, encarando porterías, entristeciendo a porteros rivales. Más de Arouna Koné, vaselinas, voleas y tiros cruzados. Más gol. Hasta aquel maldito amistoso. “El costamarfileño Arouna Koné abandona el terreno de juego con visibles gestos de dolor, ojalá que no sea nada grave”. “Arouna Koné sufre una lesión de triada, tiene rotos ambos ligamentos de la rodilla y el menisco”. “Koné se pierde toda la temporada”.
La sonrisa y el gol se quedaron en aquella sala de operaciones. Koné abandonó la maleta que siempre lo había acompañado, el equipaje de su vida. La rodilla maltrecha, al acecho, amenazante: “Nunca serás el que fuiste”. Nada en Hannover, menos en su regreso a Sevilla. Peor será en Valencia. Ballesteros, Juanfran, Farinós, Del Horno… un buen lugar para morir. El mejor asilo en la Costa Levantina.
Gol de Arouna Koné. Golazo de Koné. Koné vuelve a marcar. Arouna se giró dentro del área con una rapidez pasmosa. Antes de que Juan Pablo, portero del Sporting, pudiera reaccionar, el balón ya estaba dentro. Era el 1-2 para el Levante. El gol número 15 para Koné. El delantero costamarfileño corrió desganado hacia su compañero, levantó un poco los brazos y apenas mostró su sonrisa. Nada de bailes coreografiados ni gestos exaltados. “Ahora no te necesito”, pareció maldecir el chico de Anyama. “Me abandonaste, ya no te quiero”. La pelota de trapo volvió a pasar entre las dos piedras en el descampado. El gol volvió a la sangre de Koné. Justo ahora que se había acostumbrado a vivir sin él.
“Si me encuentro solo ante el portero, pasaré la pelota, no quiero marcar. Quiero llegar a 17 goles, no me gustaría volver al Sevilla”. Son las palabras de un hombre renegando de sí mismo, temeroso al regreso al lugar maldito. Es Arouna luchando contra su bendición, herido por un rito vudú plasmado en su contrato: “Koné renovará automáticamente con el Sevilla si anota 18 goles o más entre partidos de Liga y Copa”. Arouna se calza las botas y salta al terreno de juego. Pelo amarillo y la misma mirada asesina de siempre. Galopada de leopardo y disparo certero. Gol, nuevamente gol. Otra vez gol. No importa el futuro. Al fin y al cabo, definitivamente, uno nunca puede dejar de ser lo que es.
Conseguir el anhelado billete a la libertad. Correr, agarrar la pelota y acertar. Volver a acertar. Y a cada gol tener más cerca aquel collar de oro para tu madre, ese colegio bilingüe para tus hermanos.
El instinto asesino de Arouna, reflejado en sus ojos. Y la posterior alegría. Orgasmos, danza tribal vistiendo la camiseta del Rio Sport D’Anyama. Una capacidad innata para perforar porterías, portería de verdad, esta vez. Galopando como una pantera con el balón en los pies, un balón que acabará inevitablemente en la red del equipo que se enfrente al Lierse belga, al Roda holandés, al gran PSV Eindhoven. Felicidad, más felicidad. La jugada que acaba en el grito de la hinchada, Arouna Koné tocó el balón el último. Goles vestido de naranja, de un ‘elefante’ carnívoro, como Didier Drogba. La eterna sonrisa brillante de Arouna y un pelo amarillo acorde a su estado de ánimo. La alegría, el gol africano, el único gol rubio africano.
Y llegó Sevilla, donde nunca antes el gol había costado tanto. Doce millones de euros para seguir disfrutando. El oficio, no, el juego, la distracción de Arouna, pagada a precio de oro. Bastaba con continuar marcando, encarando porterías, entristeciendo a porteros rivales. Más de Arouna Koné, vaselinas, voleas y tiros cruzados. Más gol. Hasta aquel maldito amistoso. “El costamarfileño Arouna Koné abandona el terreno de juego con visibles gestos de dolor, ojalá que no sea nada grave”. “Arouna Koné sufre una lesión de triada, tiene rotos ambos ligamentos de la rodilla y el menisco”. “Koné se pierde toda la temporada”.
La sonrisa y el gol se quedaron en aquella sala de operaciones. Koné abandonó la maleta que siempre lo había acompañado, el equipaje de su vida. La rodilla maltrecha, al acecho, amenazante: “Nunca serás el que fuiste”. Nada en Hannover, menos en su regreso a Sevilla. Peor será en Valencia. Ballesteros, Juanfran, Farinós, Del Horno… un buen lugar para morir. El mejor asilo en la Costa Levantina.
Gol de Arouna Koné. Golazo de Koné. Koné vuelve a marcar. Arouna se giró dentro del área con una rapidez pasmosa. Antes de que Juan Pablo, portero del Sporting, pudiera reaccionar, el balón ya estaba dentro. Era el 1-2 para el Levante. El gol número 15 para Koné. El delantero costamarfileño corrió desganado hacia su compañero, levantó un poco los brazos y apenas mostró su sonrisa. Nada de bailes coreografiados ni gestos exaltados. “Ahora no te necesito”, pareció maldecir el chico de Anyama. “Me abandonaste, ya no te quiero”. La pelota de trapo volvió a pasar entre las dos piedras en el descampado. El gol volvió a la sangre de Koné. Justo ahora que se había acostumbrado a vivir sin él.
“Si me encuentro solo ante el portero, pasaré la pelota, no quiero marcar. Quiero llegar a 17 goles, no me gustaría volver al Sevilla”. Son las palabras de un hombre renegando de sí mismo, temeroso al regreso al lugar maldito. Es Arouna luchando contra su bendición, herido por un rito vudú plasmado en su contrato: “Koné renovará automáticamente con el Sevilla si anota 18 goles o más entre partidos de Liga y Copa”. Arouna se calza las botas y salta al terreno de juego. Pelo amarillo y la misma mirada asesina de siempre. Galopada de leopardo y disparo certero. Gol, nuevamente gol. Otra vez gol. No importa el futuro. Al fin y al cabo, definitivamente, uno nunca puede dejar de ser lo que es.


1 comentarios:
Articulazo. Enorme.
Una encrucijada la del Levante... veremos cómo se resuelve.
Como siempre, un placer.
Publicar un comentario