21 / may / 2012 - Ana Andújar.
Leí 'Amarillo' porque nuestra amiga Marta, que es bibliotecaria de carrera, no de profesión pero sí de corazón, y tiene una montaña de libros en unas estanterías que no dejan de ceder, me dijo sobre ese libro que era “pura pasión”. Cierto es que para nuestra amiga Marta todo es “pura pasión”: los buenos libros, una tarde con la radio, los zapatos masculinos y “queso” como nombre propio. Pero como amiga, me dejo llevar, porque es lo que ella diga.
'Amarillo' arrastra el peso de la amistad desde las tapas al débil crepitar de sus páginas que parecen escenificar el cuerpecillo del triste protagonista homenajeado: Chusé Izuel, amigo de la infancia y correrías de Félix Romeo, también escritor, que termina suicidándose y dejándole a Romeo un rosario de preguntas sin respuesta.
Izuel exudaba talento maldito, de ese de dejarte los dedos enmarronados de tanto cigarro, de dientes amarillos, de la depresión de ser abandonado por la mujer amada, de ese amarillo smog que condensaba Barcelona en sus años macarras. Romeo se convierte en Félix cuando redescubre a su amigo, ahora Izuel, y recorre con nosotros fragmentos de la obra del suicida viendo señales a través de los relatos de su inevitable fin que él no supo anticipar y prever como padre protector de la manada.
'Amarillo' es en parte, exorcismo de los sentimientos que nacen en la piel tras la muerte de uno de los brazos de la pandilla, la culpa, y una extraña sensación de alivio y gratitud se mueven en entrelazados tentáculos de migraña y cariño.
Porque quien considere la amistad como esa enfermedad viral, como Romeo describe, está siempre expuesto al contagio. Quien mantiene una amistad como un miembro más del cuerpo, del cual es imposible desprenderse aunque moleste al darnos la vuelta, sabrá lo que se siente ante la rabia, la traición de las relaciones que cambian inexorablemente con la edad y que resultan patéticas cuando se quieren retrasar, el odio, la envidia, los celos, pero también el infinito amor que duele hasta el insomnio por un amigo del que ya no podemos desprendernos y que algunos desnaturalizados necesitamos más que la familia de sangre.
Félix Romeo, que llora sin lágrimas el suicidio de página en blanco de Chusé Izuel, moriría también de un infarto en 2011, terminada 'Noche de los enamorados', sobre uno de sus compañeros de celda cuando cumplía pena por insumisión. Nada se sabe del tercer miembro del clan de amigos que Romeo relata en 'Amarillo' como una secta inquebrantable y que se queda viudo, huérfano y desmembrado para siempre. Quede pues este perfecto manifiesto, que es “pura pasión”, para aquellos que ya no pueden curarse del peor de los males, el sentirse parte de otras personas cuyo desagradecimiento alimentará su amor.
'Amarillo' arrastra el peso de la amistad desde las tapas al débil crepitar de sus páginas que parecen escenificar el cuerpecillo del triste protagonista homenajeado: Chusé Izuel, amigo de la infancia y correrías de Félix Romeo, también escritor, que termina suicidándose y dejándole a Romeo un rosario de preguntas sin respuesta.
Izuel exudaba talento maldito, de ese de dejarte los dedos enmarronados de tanto cigarro, de dientes amarillos, de la depresión de ser abandonado por la mujer amada, de ese amarillo smog que condensaba Barcelona en sus años macarras. Romeo se convierte en Félix cuando redescubre a su amigo, ahora Izuel, y recorre con nosotros fragmentos de la obra del suicida viendo señales a través de los relatos de su inevitable fin que él no supo anticipar y prever como padre protector de la manada.
'Amarillo' es en parte, exorcismo de los sentimientos que nacen en la piel tras la muerte de uno de los brazos de la pandilla, la culpa, y una extraña sensación de alivio y gratitud se mueven en entrelazados tentáculos de migraña y cariño.
Porque quien considere la amistad como esa enfermedad viral, como Romeo describe, está siempre expuesto al contagio. Quien mantiene una amistad como un miembro más del cuerpo, del cual es imposible desprenderse aunque moleste al darnos la vuelta, sabrá lo que se siente ante la rabia, la traición de las relaciones que cambian inexorablemente con la edad y que resultan patéticas cuando se quieren retrasar, el odio, la envidia, los celos, pero también el infinito amor que duele hasta el insomnio por un amigo del que ya no podemos desprendernos y que algunos desnaturalizados necesitamos más que la familia de sangre.
Félix Romeo, que llora sin lágrimas el suicidio de página en blanco de Chusé Izuel, moriría también de un infarto en 2011, terminada 'Noche de los enamorados', sobre uno de sus compañeros de celda cuando cumplía pena por insumisión. Nada se sabe del tercer miembro del clan de amigos que Romeo relata en 'Amarillo' como una secta inquebrantable y que se queda viudo, huérfano y desmembrado para siempre. Quede pues este perfecto manifiesto, que es “pura pasión”, para aquellos que ya no pueden curarse del peor de los males, el sentirse parte de otras personas cuyo desagradecimiento alimentará su amor.


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