1 / abr / 2012 - Alfonso Dols.
Los Angeles, noche cerrada. Tormenta. Un coche volador, y un anuncio de una conocida marca de refrescos, con modelo asiática a imagen de geisha japonesa incluida. Luces neón. He aquí el futuro eterno, el futuro que tememos, que parece que buscamos y que no termina de llegar. ‘Blade Runner’.
El cine, como entretenimiento, es artificio, es la recreación de un mundo mágico o ideal donde nos sumergen, y en el que nos quedamos absolutamente fascinados de la complejidad del mismo, de su misticismo. Para narrar una historia de ciencia ficción esta situación se antoja fundamental, por supuesto, y una de las grandes virtudes de ‘Blade Runner’, casi su seña de identidad, es la atmósfera que consigue crear Ridley Scott.
Sin duda, gran parte de los méritos habría que repartirlos entre el buen trabajo de Jordan Cronenweth en la fotografía, de agradecer es su acertada paleta de colores y la imágenes tan sombrías y barrocas que consigue filmar, incluso la suciedad en la puesta en escena que nos presenta, y que tan necesaria es para comprender el mundo que nos están presentando.
Muy unido al trabajo Jordan C. hay que añadir la innovadora dirección artística, destacando el vestuario y los decorados tan barrocos y decadentes. Por último. Vangelis, en ‘Blade Runner’ el griego crea una banda sonora extraordinariamente enigmática, unas melodías compuestas con sintetizadores que le confieren al film ese aire característico de moderna y melancólica decadencia.
En el minuto 0 de la película nos queda claro qué no vamos a ver. Ya hemos olvidado nuestro querido e idolatrado siglo XX, Los Ángeles 2019 no tiene las playas de California, sus vigilantes, el sol, y hace tiempo que se erradicó la vida animal en el planeta. En el futuro eterno, en ‘Blade Runner’ la atmósfera es opresiva y asfixiante.
Producto del individualismo feroz, la sociedad de consumo, y las más que presumibles grandes guerras mundiales se ha creado una espiral devoradora de recursos, de la que tan sólo conocemos una penúltima consecuencia. La raza humana, que ha devastado y consumido todos los recursos del planeta, hasta hacer peligrar su propia existencia, se ve obligada a emigrar a otros planetas en busca de un hogar más próspero en el que seguir extendiendo este modelo destructivo. Así la Tierra se ha convertido en un planeta agotado, consumido, devastado y sustituido.
En ‘Blade Runner’, al igual que los mitos griegos, nos encontramos a los replicantes (nexus) volviendo sus pasos en busca de "su creador" (Dios, Padre, Oráculo) para que responda sus preguntas: ¿quiénes somos?, ¿cuánto nos queda de vida?, ¿se puede revertir este inevitable ocaso?.
Son las actitudes desesperadas de los Nexus o, que vamos viendo según Deckard (Harrison Ford) va eliminando a cada uno de ellos, las que manifiestan amor a la vida o algún tipo de sentimiento humano. Las relaciones que establecen los Nexus entre si, ya sean de amor, amistad, odio o compañerismo, contrasta con la frialdad y desprecio que manifiestan los humanos. De manera que los replicantes, son los que sienten el dolor ante un amigo que muere, incertidumbre ante unas respuestas que no llegan, odio ante la imposibilidad de cambio, desesperación ante su fracaso y por último compasión.
La última y magnifica lección que dan estos poderosísimos seres, es el amor a la vida, a lo viviente, una paloma, una flor, o una vida humana, por mucho daño que ésta, haya podido inflingir. Incluido, por cierto, un epílogo que no se olvidará nunca. Un lamento, un grito silencioso, que no se perderá como amargas, lágrimas en la lluvia.
El cine, como entretenimiento, es artificio, es la recreación de un mundo mágico o ideal donde nos sumergen, y en el que nos quedamos absolutamente fascinados de la complejidad del mismo, de su misticismo. Para narrar una historia de ciencia ficción esta situación se antoja fundamental, por supuesto, y una de las grandes virtudes de ‘Blade Runner’, casi su seña de identidad, es la atmósfera que consigue crear Ridley Scott.
Sin duda, gran parte de los méritos habría que repartirlos entre el buen trabajo de Jordan Cronenweth en la fotografía, de agradecer es su acertada paleta de colores y la imágenes tan sombrías y barrocas que consigue filmar, incluso la suciedad en la puesta en escena que nos presenta, y que tan necesaria es para comprender el mundo que nos están presentando.
Muy unido al trabajo Jordan C. hay que añadir la innovadora dirección artística, destacando el vestuario y los decorados tan barrocos y decadentes. Por último. Vangelis, en ‘Blade Runner’ el griego crea una banda sonora extraordinariamente enigmática, unas melodías compuestas con sintetizadores que le confieren al film ese aire característico de moderna y melancólica decadencia.
En el minuto 0 de la película nos queda claro qué no vamos a ver. Ya hemos olvidado nuestro querido e idolatrado siglo XX, Los Ángeles 2019 no tiene las playas de California, sus vigilantes, el sol, y hace tiempo que se erradicó la vida animal en el planeta. En el futuro eterno, en ‘Blade Runner’ la atmósfera es opresiva y asfixiante.
Producto del individualismo feroz, la sociedad de consumo, y las más que presumibles grandes guerras mundiales se ha creado una espiral devoradora de recursos, de la que tan sólo conocemos una penúltima consecuencia. La raza humana, que ha devastado y consumido todos los recursos del planeta, hasta hacer peligrar su propia existencia, se ve obligada a emigrar a otros planetas en busca de un hogar más próspero en el que seguir extendiendo este modelo destructivo. Así la Tierra se ha convertido en un planeta agotado, consumido, devastado y sustituido.
En ‘Blade Runner’, al igual que los mitos griegos, nos encontramos a los replicantes (nexus) volviendo sus pasos en busca de "su creador" (Dios, Padre, Oráculo) para que responda sus preguntas: ¿quiénes somos?, ¿cuánto nos queda de vida?, ¿se puede revertir este inevitable ocaso?.
Son las actitudes desesperadas de los Nexus o, que vamos viendo según Deckard (Harrison Ford) va eliminando a cada uno de ellos, las que manifiestan amor a la vida o algún tipo de sentimiento humano. Las relaciones que establecen los Nexus entre si, ya sean de amor, amistad, odio o compañerismo, contrasta con la frialdad y desprecio que manifiestan los humanos. De manera que los replicantes, son los que sienten el dolor ante un amigo que muere, incertidumbre ante unas respuestas que no llegan, odio ante la imposibilidad de cambio, desesperación ante su fracaso y por último compasión.
La última y magnifica lección que dan estos poderosísimos seres, es el amor a la vida, a lo viviente, una paloma, una flor, o una vida humana, por mucho daño que ésta, haya podido inflingir. Incluido, por cierto, un epílogo que no se olvidará nunca. Un lamento, un grito silencioso, que no se perderá como amargas, lágrimas en la lluvia.


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