16 / abr / 2012 - Antonio Andreu (@AntAndreu).
Estimado Don Santiago,
Soy Telmo Cabanillas Cifuentes, panadero jubilado y socio número 323 del Real Madrid. Nací en Alcorcón hace 89 años, seis menos de los que llevo acudiendo a mi eterno asiento en Chamartín. A los siete los ojos ya no pierden la pelota, debió pensar mi padre, que me guiaba de la mano camino de la Castellana. Quizá se lo haya encontrado por arriba, si allí os organizan por colores. Dé recuerdos también a Juanito.
Le escribo para contarle mis penas y las de mis compañeros de mus. Gregorio, Salvador y Paco opinan como yo, pero tienen más faltas de ortografía. Hablo también en su nombre. Perdone si le incomodo con fatalismos o quejas excesivas, pero ya sabe, son cosas de la edad. La cadera renqueante y el dolor de huesos siempre nublan el juicio. Cualquier tiempo pasado parece mejor, Don Santiago, aunque no sabía que hasta este punto. Sepa usted que mi Madrid, su Madrid, ya no es el que era.
Se echa mucho de menos por aquí su puro. El lugar que usted ocupaba lo ostenta ahora un señor con pinta de banquero y discurso de sacerdote. No parece mal tipo, la verdad, pero de fútbol entiende bien poco. Gasta demasiado y desvaría. Ficha entrenadores y jugadores al tuntún y no apuesta por la cantera. Si viera usted al Barcelona, esos sí que saben lo que se hacen. Últimamente hemos jugado varias veces contra ellos, menudos baños futbolísticos nos han pegado. Como cuando teníamos a Copa, Rial, Puskas y Di Stéfano, esos muchachos juegan al balón como los ángeles. A nosotros no nos llega.
Don Santiago, gracias a Dios que no conoce a Mourinho. No quisiera dejarle mal cuerpo, pero ese hombre se está cargando los valores del madridismo que usted fundó. Es prepotente y violento en lo personal y rácano y pegón en lo futbolístico. A mí me lleva por el camino de la amargura. Me duele que manche así la camiseta, que se meta con un buenazo como Preciado -dé disculpas de parte del madridismo a su mujer y a su hijo, que ya subieron allí arriba-. Me duele mucho que su clan trate así a nuestro delegado, el mítico Agustín Herrerín. Me duelen sus desprestigios hacia Guardiola. ¡Ojalá contáramos nosotros con alguien así! Me duele su actitud victimista con el mundo y su demagogia. Si usted lo escuchara no daría crédito: habla de los arbitrajes para cubrir su ineptitud y, lo peor, logra convencer a la afición.
Con los jugadores también estoy preocupado. Miré usted, echo mucho de menos a Camacho, Santillana, Butragueño y compañía. Los de ahora no son malos futbolistas, es verdad, pero se comportan como macarras y niños malcriados. Ya sé que no se le pueden pedir peras al olmo, que Pepe y Cristiano Ronaldo, también portugueses, no dan para más, pero me inquieta que marquen tendencia. Casillas, mi ojito derecho desde la marcha de Raúl, está perdiendo últimamente el Norte. Como Sergio Ramos y Arbeloa. Ojalá recapaciten, porque no son malos chicos.
Sin más me despido, no quisiera haberle asustado. Me haría muy feliz que me contestara en el futuro, que me diera alguna señal. La vuelta de Del Bosque no estaría mal. Alguna Copa de Europa ganada en buena lid me dejaría morir tranquilo. Haga usted lo que pueda.
Un abrazo, presidente.
Estimado Don Santiago,
Le escribo para contarle mis penas y las de mis compañeros de mus. Gregorio, Salvador y Paco opinan como yo, pero tienen más faltas de ortografía. Hablo también en su nombre. Perdone si le incomodo con fatalismos o quejas excesivas, pero ya sabe, son cosas de la edad. La cadera renqueante y el dolor de huesos siempre nublan el juicio. Cualquier tiempo pasado parece mejor, Don Santiago, aunque no sabía que hasta este punto. Sepa usted que mi Madrid, su Madrid, ya no es el que era.
Se echa mucho de menos por aquí su puro. El lugar que usted ocupaba lo ostenta ahora un señor con pinta de banquero y discurso de sacerdote. No parece mal tipo, la verdad, pero de fútbol entiende bien poco. Gasta demasiado y desvaría. Ficha entrenadores y jugadores al tuntún y no apuesta por la cantera. Si viera usted al Barcelona, esos sí que saben lo que se hacen. Últimamente hemos jugado varias veces contra ellos, menudos baños futbolísticos nos han pegado. Como cuando teníamos a Copa, Rial, Puskas y Di Stéfano, esos muchachos juegan al balón como los ángeles. A nosotros no nos llega.
Don Santiago, gracias a Dios que no conoce a Mourinho. No quisiera dejarle mal cuerpo, pero ese hombre se está cargando los valores del madridismo que usted fundó. Es prepotente y violento en lo personal y rácano y pegón en lo futbolístico. A mí me lleva por el camino de la amargura. Me duele que manche así la camiseta, que se meta con un buenazo como Preciado -dé disculpas de parte del madridismo a su mujer y a su hijo, que ya subieron allí arriba-. Me duele mucho que su clan trate así a nuestro delegado, el mítico Agustín Herrerín. Me duelen sus desprestigios hacia Guardiola. ¡Ojalá contáramos nosotros con alguien así! Me duele su actitud victimista con el mundo y su demagogia. Si usted lo escuchara no daría crédito: habla de los arbitrajes para cubrir su ineptitud y, lo peor, logra convencer a la afición.
Con los jugadores también estoy preocupado. Miré usted, echo mucho de menos a Camacho, Santillana, Butragueño y compañía. Los de ahora no son malos futbolistas, es verdad, pero se comportan como macarras y niños malcriados. Ya sé que no se le pueden pedir peras al olmo, que Pepe y Cristiano Ronaldo, también portugueses, no dan para más, pero me inquieta que marquen tendencia. Casillas, mi ojito derecho desde la marcha de Raúl, está perdiendo últimamente el Norte. Como Sergio Ramos y Arbeloa. Ojalá recapaciten, porque no son malos chicos.
Sin más me despido, no quisiera haberle asustado. Me haría muy feliz que me contestara en el futuro, que me diera alguna señal. La vuelta de Del Bosque no estaría mal. Alguna Copa de Europa ganada en buena lid me dejaría morir tranquilo. Haga usted lo que pueda.
Un abrazo, presidente.


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