El saludable futuro de la distopía

21 / mar / 2012 - Antonio S. Capel.

El género de la distopía, esto es, la anti-utopía, cuenta con gran tradición y predicamento entre las letras inglesas. No en vano las obras cumbre que podemos considerar que han definido los lugares comunes de estos apasionantes ejercicios de ficción futura que suelen incluir susto y muerte han sido producto de británicos de pro; véase como ejemplo aquella temprana ‘La máquina del tiempo’ de H.G.Wells, vigorosa (a la vez que tintada de la tan común inocencia victoriana) inauguración del género.

Las distopías son a menudo tan proféticas y certeras que es humano sentir que lo que se lee ya está en marcha, atenazándonos por lo que viene a ser un palmo más abajo del ombligo. Así que por lo menos nos vamos a poner a repasar esas obras clave para que cuando llegue el día estemos preparados y dispuestos para lo que se tercie: ya sea pasarnos al lado malo o buscarnos un huequito en el que meter la cabeza.

¿A alguien más le parece que esto que nos venden de la globalización y el buen rollismo nos va abriendo brecha para un modelo de estado mundial como el que propone Aldous Huxley en ‘Un mundo feliz’? En esta obra, por si no habéis tenido el enorme placer de leerla, se prevé la destrucción total de la diversidad cultural, el arte y la imposición de uniformismo por un estado mundial de castas que cuenta con el apoyo del feliz entumecimiento inducido mediante el uso cuasi obligatorio de soma.

Es la constatación de cómo el Fordismo llevado al extremo puede adquirir estatus de semi-religión y regir nuestras voluntades: hacernos consumir para ser útiles, para encajar en el sistema de producción. Y la verdad, estando en rebajas y escuchando al presidente de la nación animándonos a gastar, tengamos o no, para que funcione la maquinaria, uno se siente otro Bernard Marx.

Por otra parte no hay más que hablar con uno de nuestros adorables quinceañeros -y generalizo porque me apetece- para descubrir que no estamos tan lejos de lo que ‘Farenheit 451’ (Ray Bradbury) profetiza. Ya podemos experimentar un mundo de masas insensibilizadas, cultura en extinción y noches peligrosas a merced de idiotas que si bien aún no juegan a atropellar a la gente si han empezado por lo de dar palizas y quemar indigentes para grabarlo con esos preciosos teléfonos con GPS, cámara de tropecientos megapixels y rayos laser.

Con la censura como tema clave, nos enseña que eso de la quema de libros que pensábamos extinto sigue en boga y no presenta signos de debilidad. Para nuestros líderes, y permitidme sonar panfletario, la cultura, el sentimiento y el libre pensamiento son amenazas tan peligrosas como para el gobierno del bienestar de ‘Farenheit 451’. Curiosamente, la propia edición de esta obra fue censurada. Más tarde, Truffaut la llevaría al cine eligiendo lo que a mi entender es el atuendo futurista más absurdo de la historia de la ciencia ficción. Esas chichoneras, François…

Con muchísima pena tengo que pasar de puntillas sobre ‘La naranja mecánica’ (Anthony Burguess) y ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’ (Philip K. Dick), tan enormes como sus conocidas adaptaciones cinematográficas (la obra de Kubrick y el ‘Blade Runner’ de Ridley Scott). De nuevo la violencia sin sentido, la separación en castas… como digo, universales del genero distópico que se hacen cada vez más presentes. Se ha de destacar además de ‘La naranja mecánica’ el tremendo esfuerzo de estilo de Burguess; la creación de una jerga juvenil, la manera de definir al grupo de jóvenes y su complementación bajo el mando de un Alex de Large

He dejado para el final lo que considero el David de las distopías; la obra más completa tanto en ambientación como en profetismo y estilo, los fundamentos del género sublimados que nos lanzan a la cara un futuro (¿presente?) aterrador: ‘1984’ (George Orwell).

Se hace necesario repasar brevemente la biografía del amigo Orwell: luchador en la Guerra Civil española, comprometido con políticas de izquierdas, estuvo a punto de sucumbir a las purgas estalinistas por militar en un grupo enfrentado con el Líder y su control totalitario. A la vez fue espiado durante más de una década por los británicos por su compromiso con la izquierda. No recuerdo quien decía que si nadie te odia es que no estás haciendo las cosas bien: si esto es verdad, Orwell las estaba bordando.

Todas estas vivencias de espionaje, denuncia de los que se salen del redil, propaganda falsaria y atropello de libertades tomaron forma de novela en ‘1984’. Orwell retrata la vida en un mundo en constante guerra en el que disentir de la opinión del “Gran Hermano”, que vigila todos tus movimientos, es castigado con la muerte. Las proclamas continuas de “La Guerra es la Paz”, “La Libertad es la Esclavitud” y “La Ignorancia es la Fuerza” suenan muy familiares para el que haya seguido de cerca a nuestros bienamados líderes y sus operaciones mundiales para liberar al mundo y conseguir la paz.

Respecto a lo de “El Gran Hermano te vigila”, a ver quien es el guapo que me niega las resonancias del cartelito del metro y las tiendas con circuitos cerrados de cámara que hay en muchos lugares.

Estilísticamente cercano a los grandes de la narrativa eduardiana y victoriana (Melville, London, Dickens, Greene, Kipling, Conrad… casi nadie, unos principiantes estos chavalitos), Orwell traza un ambiente grisáceo y claustrofóbico, de tensión constante mediante una narrativa directa y cruda, sin ornatos.

Presenta la crudeza de un mundo pobre en emociones, de caminos forzosos, de mentiras y manipulación histórica- referencia directa a las re-escrituras de la historia de Lenin, Stalin y compañía, eliminando elementos que no deseaban de los libros de historia y fotografías. De lectura obligatoria para encontrar los paralelismos entre la Eurasia de Orwell y nuestro frente occidental faro de ‘libertades’, promete hacer temblar las rodillas a los que ya hemos empezado a mirar de reojo a nuestros protectores.

Y aunque podríamos seguir durante páginas y páginas, es hora de cerrar el grifo para no extendernos demasiado. Y ya de paso voy a investigar que es ese objetivo que zumba como si hiciera zoom desde la esquina de la habitación…

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