‘Moby Dick’ es ese tipo de obra tan arraigada en el entramado cultural que no importa que ocho de cada diez personas no la hayan leído; su historia es conocida de sobra, si bien es verdad que tamizada a través de 'Los Simpson' o con graves -e interesantes- confusiones (que hay quien piensa que al Capitán Ahab le comió la mano una ballena y le pusieron un garfio con el que persigue a Peter Pan).
Por otra parte, se ha visto tan desgastada por sobreexposición que provoca recelos entre una gran parte de los lectores. Viene a ser, en términos culturales, como admitir que una obra que por popular es confundida con un producto de masas es a la vez un riquísimo ejemplo de Literatura con mayúsculas. Y esto, para la sección de fans de Lars Von Trier, no es underground; ellos, amiguitos de ‘SIN HORA de Cierre’, sólo leen a autores desconocidos a ser posible de origen iraní, que pinta mucho una estantería tener la obra completa de Benzad Ali Keshavarz. Que grande el Benzad.
Disputas undergroundnisticas aparte, ‘Moby Dick’ es uno de los raros casos de mezcla perfecta entre complejidad y sencillez de la literatura universal. Complejidad porque Melville no hace distingo entre géneros y salta de bote en bote durante todas y cada una de las palabras de esta novela, largando maromas de uno a otro y amarrando con la maestría de quien fue marinero: es una novela de aventuras con pasajes enciclopédicos, con fuertes toques sociales, una pizca de sermón cuáquero/puritano, un suave aliño de la mejor épica y un profundo olor a salitre que se instala en lo más hondo del lector página tras página.
Sencillez porque el pilar de la novela es un conflicto tan antiguo como las propias ballenas: la historia de un hombre consumido por su obsesión.
Lo que hace atractiva a esta obra, en su día ignorada, es la atmósfera de exaltación, pasión y odio que desprende. Nantucket se hace real, casi palpable, con su olor a pescado, su frío traspasando los gruesos abrigos de lana, su bullicio portuario de balleneros, ceños fruncidos y barbas de 3 semanas. Es una atmosfera que huye del concepto de Bildungsroman: nadie crece en Moby Dick. Ahab y su única obsesión, el profético Elijah, Ishmael, el salvaje Queequeg, Daggoo… todos son personajes eternos, de saga épica y estirpe bíblica (de nuevo la Biblia de por medio), condenados a completar su destino.
Nada es precioso ni bucólico en esta historia de odio, venganza y obsesión: la vida, como bien dice el adagio, mata. Como no es cuestión de extenderse sin más, vamos a lo que promete el encabezamiento:6 razones por las que 'Moby Dick' es enorme
1. Ahab. El capitán del Pequod merece una entrada por sí solo. Qué digo una entrada, merece un blog entero. Ahab, al igual que su homónimo bíblico, está condenado por su propia obsesión y no sólo eso si no que arrastra a la destrucción a su tripulación. Es venganza y odio condensado, focalizado en la ballena que le arrancara la pierna. Digno del mejor Shakespeare, que a buen seguro envidiaría la riqueza del personaje trazado por Melville.
2. El Pequod. Más que un ballenero, un microcosmos repleto de arquetipos. El valor, la cobardía, la locura… hasta un ente cuasi sobrenatural personificado por Fedallah, el arponero indio que desgrana y predice el destino fatal de Ahab.
3. Moby Dick. La ballena blanca no sólo es un Leviatán de leyenda: también es un símbolo del destino. Su descripción, que parece sacada de un cuento de marinero borracho, le otorga ese cierto carisma de monstruo sobrenatural, de demonio marino. Su color, sus cicatrices de innumerables batallas, la inteligencia que Ahab le supone… Todo hace parecer a Godzilla un bichito enfadado.
4. Su prosa. La obra de Melville es apasionada, dura, rica, de sintaxis oscura y retorcida a la vez que precisa; insultantemente perfecta. Valga de muestra un breve extracto del discurso de Ahab sobre su demonio blanco:
5. Sus posibilidades escénicas. Ya sé que esto es salirse del texto en sí, pero con qué gusto lo hago. Qué regalo tuvo Gregory Peck cuando le tocó interpretar al capitán el la película de John Huston. Si no os habéis subido al borde de un barco y gritado el "¡Por ahí resopla!" dedo en ristre apuntando al horizonte, no os podéis hacer una idea de cómo imbuye de sensaciones la lectura de 'Moby Dick', de cómo destila tradición teatral. Supera eso, guerrero de la luz.
6. Su valor como Obra. 'Moby Dick' no pretende enseñar, evangelizar, descubrir… Es una obra. Una historia para contar alrededor del hogar rodeados de niños con los ojos abiertos como platos, tan antigua como el hombre, sin ninguna pretensión más que relatar el camino de autodestrucción de un alma obsesionada. Si eso os parece poco, es que no habéis tenido la mala suerte de leer 'El Código Da Vinci'.
Y paramos en 6 que me parece buen número.


1 comentarios:
Gran artículo. Espero que siga recomendado joyas de este tipo, si lo hace de esta manera le prometo obediencia litararia.
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