19 / dic / 2012 - Ana Andújar.
Siempre he pensando en los horrores que a cualquier director en sus cabales le costaría adaptar una novela “beat” al cine. Por defecto, definimos “beat” como una corriente alternativa de los '50 que nos ha proporcionado tanto mito como pasto de anfetamina. Es decir, si uno tiene 19 años y le ponen un Ginsberg delante, sencillamente, le explota la cabeza.
Eso nos pasó a los de nuestra calaña, los que decidimos estudiar literatura y todavía lo estamos pagando. Para los más desgraciados, decidimos decantarnos por esos escritores que acaban tan mal como sus personajes, que son decadentes, drogadictos, sucios y detestables. Nos apasionan el bueno de Holmes, el yonqui de Cassady, el pervertido de Burroughs. Y si deciden hacer una versión cinematográfica de 'On the road', la biblia de este movimiento, que se ha convertido en el accesorio de mesilla preferido de intelectuales de la generación Instagram, sacamos las uñas y los prejuicios antes ni siquiera de la aparición, segura y moderna, de sus títulos de crédito.
Hay que decir a favor de Walter Salles, su director, que este es un libro jodidamente difícil de domar. Es difícil explicar que a su autor, Jack Kerouac, le explotaron los intestinos hasta la muerte por beber delante de la máquina de escribir para conseguir una suerte de “bildungsroman”, en la que el joven Sal Paradise intenta encontrar su “camino” por todo Estados Unidos y escribir el libro perfecto, sin soltarse de un cordón umbilical vital como es el de Dean Moriarty, el personaje que todos querríamos escribir (y conocer), un hombre al que “le faltan horas en el día para ser vividas”.
La relación de Sal y Dean fluye en la novela con el mismo amor que se trata a la literatura, la amistad, la vida y la muerte y la fatalidad de la existencia cuando el intelecto y su insatisfacción se convierten en tus enemigos. Los “beats” adoraban hacer camino, pues cuando llegaban, la realidad borraba el sueño eterno de ser grandes y libres, lo que se siente cuando uno sabe que es escritor.
El libro es abrumador, la película no. Así que ahí está el principal problema. Porque siendo una obra de personajes, estos acaban perdidos en el camino, uno ficticio que se ha hecho para ellos, cuando debería ser al revés. Dice un crítico de The Guardian, que los personajes femeninos son los que más brillan, en su complejidad y tristeza, y es verdad. Kristen Stewart interpreta a la “gatita” Marylou, con sus “sweet sixteen” y su caída de ojos por una vida que no es suya, y Kirsten Dunst a una denostada Camille, mucho más apocada que cualquiera de los efluvios que Dean Moriarty (Garret Hedlung, no soy de piedra y OMG, pero no es suficiente).
Los cameos de Viggo Mortensen y Steve Buscemi son regalos en las dos horas de metraje. Pero ni siquiera nuestro amado Sam Riley, que aquí parece un joven “Blue Velvet”-Kyle Machlantan, y tantas otras alegrías nos dio con su Ian Curtis en 'Control' (2007) le puede sacar brillo a un Sal Paradise que ni siente ni padece.
En 'On the road' se siente y se padece mucho, mucho. Quizás hace falta otro visionado, como pasa con el libro, que requiere muchas y calmadas lecturas para encontrar su núcleo perfecto. O quizás es mejor elegir el libro otra vez.




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