Érase una vez… una ráfaga de vida…

20 / abr / 2012 - Yolanda Salmerón.

“Qué importante es la primera frase de una novela” declaraba Mario Vargas Llosa mucho antes de ser galardonado con el Nobel de Literatura. El peruano argumentaba en una entrevista para ‘El Comercio’ que “no hay una ley que le diga a un escritor que el comienzo que ha elegido es el adecuado, es una intuición”.

¿Quién no ha citado alguna vez el famoso "En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme"... (y ahí se ha quedado porque no ha leído más que un par de capítulos sueltos, si es que ha conseguido pasar de página)?, ¿qué cuerpo no se agitó al ver con sus ojos el sofoco de la muerte: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo"? ¿Y qué alma no halló su luz entre estas palabras "Al principio creo Dios el cielo y la tierra"?

“El comienzo nos introduce en el universo de la historia”, sentencia Vargas Llosa y su razón lleva. Hay un estado de gracia al principio que no se puede producir más adelante, es como ese ‘feeeling’ que surge una de cada cien veces que te presentan a un tío en la discoteca, si se te eriza la piel, da igual lo borracha que vayas y cuán corrido lleves el rimmel sobre las mejillas o lo conjuntado de su look, si es, es.

Pero no todo son las primeras frases, ni las primeras impresiones, aunque no se pueda volver a la inocencia más pura, a la sorpresa más inhóspita, sí que hay magia después del inicio (incluido el primer amor). Hay obras que atrapan por el conjunto que representan, por la magnitud de su historia y el perfecto hilvanado de sus diálogos. Son esas historias capaces de crear micromundos y transportar al hombre a una realidad superior que le da identidad por encima de su cotidianidad, y por qué no decirlo, mediocridad, porque hay que pincharnos con una aguja para que nos sintamos la sangre, la veamos, nos duela y nos asuste.

Una joya que sólo se puede descubrir si el lector persevera en su intento de mantener viva la curiosidad y de interactuar con el papel que tiene delante, que no pretenda en ninguno de los casos que ese conjunto de palabras se enraícen por sí solas en él produciéndole algo así como una catarsis, mientras él mira de reojo ‘American Horror Story’ y le clava los dientes a un bocadillo de jamón. No. Hay que esforzarse un poquito, que la cultura no deja de ser un trabajo de dos, de quien crea y de quien se atreve a recrear.

Para mí el comienzo más hermoso, el que verdaderamente invita a despertar y a prender en la inocencia de cualquiera la llama de la curiosidad es el de "Érase una vez"..., (porque hay cosas que no se pasan de edad). No hay tres palabras que en su conjunto desprendan más magia y belleza. La historia que viene después es un imaginario de damas y vagabundos, adictos a la pena, liberales de la mentira y amantes de lo ajeno que conviven a la perfección con las princesas de cuento de hadas a las que ahora están cambiando las tornas, pero que transmiten un mundo de realidades, (que no realista), de anhelos y deseos y valores encontrados porque todo hombre tiene derecho a ponerse su propio "Érase una vez"... en la boca y empezar a contarlo ya.

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